Fragmento del cuento, «El Aleph» de J. L. Borges, en el que se describe el sentido universal y misterioso de la primera letra del alfabeto hebreo, comparado con un grabado rosa-cruz.

blanc.dUn aspecto a destacar del auténtico artista, de aquél que ve más allá de las apariencias exteriores, sería su capacidad para contemplar la completa manifestación de aquello que para los demás sólo aparece en potencia; por ejemplo, al ver una semilla ve el árbol en todo su esplendor final. En la tradición cabalística, la semilla es la primera letra del alfabeto hebreo, el Alef o Aleph, que contiene potencialmente todas las letras y las palabras.

En 1948, Jorge Luis Borges publicó El Aleph, uno de sus cuentos más bellos y misteriosos. El juego literario le sirve a Borges para crear un mito que va más allá de la  literatura y que se acerca a las propuestas de los cabalistas. El cuento conduce al lector a una situación excepcional en la que el narrador, el propio Borges, contempla en el sótano oscuro de la casa de un amigo un Aleph.

FRAGMENTO DE J. L. BORGES:

“Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato, empieza aquí, mi desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca? Los místicos, en análogo trance prodigan los emblemas: para significar la divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los pájaros; Alanus de Insulis, de una esfera cuyo centro está en todas partes y las circunferencia en ninguna; Ezequiel, de un ángel de cuatro caras que a un tiempo se dirige al Oriente y al Occidente, al Norte y al Sur. (No en vano rememoro esas inconcebibles analogías; alguna relación tienen con el Aleph.) Quizá los dioses no me negarían el hallazgo de una imagen equivalente, pero este informe quedaría contaminado de literatura, de falsedad. Por lo demás, el problema central es irresoluble: La enumeración, si quiera parcial, de un conjunto infinito. En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré.

En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.”

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Jorge Luis Borges se inspiró quizá en los cabalistas cristianos del Renacimiento, quienes hablaron de un Aleph tenebroso y un Aleph iluminado que equivaldrían a la semilla y al árbol. El grabado de Fludd que presentamos lo refleja perfectamente:

 

En este grabado, Robert Fludd (1574-1637) recoge las enseñanzas de los cabalistas cristianos. Se halla en el libro Medicina católica (Frankfurt, 1629-31). En la parte inferior, que representa la medianoche, aparece una filacteria donde está escrito: Terra inanis et vacua. Seu potentia divina (“Tierra desocupada y vacía o potencia divina”), y en otra, más pequeña: Deus latens seu. Aleph tenebrosum (“Dios oculto o Aleph tenebrosa”), con la grafía hebrea del Aleph. Así, la letra Aleph se halla situada en la oscuridad de la creación, Dios aún no se ha manifestado sino que está latente, en potencia.

En el grabado de Fludd, después de la zona oscura aparece un proceso hacia la luz, en el que en la franja más interior aparece escrito: Crepusculum Diei Creationis  (“Albores de la creación del día”); y en la más externa Deus Patens Aleph Lucidum. Sapientiae divinae actus (“Dios manifiesto. Aleph luminosa. Acción de la Sabiduría divina”), donde comienza el día de Dios. Así, lo oculto se manifiesta en el orden denario, al que Fludd llama “sabiduría divina”.

Los maestros de la cábala reflexionaron profundamente acerca del Aleph, puesto que incluye el misterio de la creación y el núcleo de la experiencia mística. Por sus comentarios parece deducirse que si el hombre no conoce el Aleph en tinieblas, tampoco podrá conocer el Aleph de la luz, que es el Nombre de Dios, el Tetragrama: IOD, HE, VAV, HE.  Así el Aleph seria como un espejo oscuro que, al aclararse, manifiesta la creación de Dios.