Reproducimos un fragmento del libro, “La luna. Símbolo de transformación” de Jules Cashford de Ediciones Atalanta. En él se relaciona la luna, fuente de vida, con el “soma” de la cultura hindú. Edición, Lluïsa. Vert.

Presentación

El libro que presentamos es un extenso y profundo estudio sobre la luna, su simbolismo y las leyendas mitológicas que en todas las tradiciones se han forjado alrededor de este misterioso planeta que simboliza a la perfección las transformaciones que tienen lugar en la gran obra de la regeneración del ser humano.

Está compuesto por catorce capítulos que abarcan desde el significado del tiempo, sus ciclos, su vinculación con la eternidad, los distintos tipos de calendarios o las dos luminarias que miden los tiempos: el sol y la  luna, hasta todo lo relacionado con la luna, es decir, sus fases, sus significados simbólicos, su relación con el agua, las plantas, los distintos animales, con la mente del ser humano, la vida, la fecundidad y, sobre todo, con la resurrección.

Aquí recogemos un fragmento del capítulo que se refiera a la luna como el recipiente y el depósito de la bebida de los dioses, el néctar divino que en la tradición hindú recibe el nombre de soma. La identificación entre la luna y la bebida es tanta que ambos reciben el mismo nombre: soma para el néctar divino y Soma para el dios de la luna.

Esta sustancia que, como un rocío de los dioses, proviene de la luna y que los hombres reciben como un premio o un remedio para todos sus males, ha recibidos distintos nombres según las tradiciones: soma, haoma, en la tradición persa, maná, hidromiel, leche, rocío de miel, etc., aunque todos ellos se refieren al mismo significado simbólico, son nombre para denominar una bebida divina que restituye la fuerza y la vida al ser humano, por eso, uno de los capítulos de este libro está dedicado a la alquimia, la ciencia de la regeneración, y en concreto a las bodas herméticas entre el sol y la luna.

Capítulo 3: La luna y las aguas de la vida eterna. Soma

En la antigua India había una bebida sagrada llamada amrta, («inmortal» en sánscrito: a, «no»; rta, «mortal») y también soma, que era uno de los nombres del propio dios de la Luna, así como el de la lluvia. Pero lo que la consciencia moderna divide en sagrado y profano era originariamente una realidad indisoluble. Como explica Heinrich Zimmer, tendemos a pensar en las aguas que circulan por el universo y nutren todas las criaturas vivientes como el correlato en la Tierra del agua celestial, el néctar meloso de los dioses. En una imagen del misterio que lo explica todo, Soma/Amrta se convierte en la lluvia y el rocío refrescantes, que se convierten a su vez en la savia vegetal, y ésta en la leche de la vaca, y ésta en la sangre; todos son estados diferentes de un único elixir, que también pueden beber los mortales tras su fallecimiento.

Soma, un elixir que los mortales pueden beber tras su fallecimiento y cuya vasija o copa sería la Luna.

Zimmer concluye que la vasija o copa de este fluido inmortal es la Luna, morada y fuente de vida, que se manifiesta en la Tierra en los tres ríos sagrados: el Ganges, el Yamuna y el Saraswati. Un conjuro tradicional del Rg Veda lo aclara:

Tras haber llovido, la lluvia entra en la Luna (pues la Luna es el receptáculo y fuente principal de toda la savia vital de las aguas cósmicas; las que están en forma de lluvia alimentan a los reinos animal y vegetal, pero cuando la lluvia cesa, el poder vuelve a entrar en la fuente desde la cual se ha manifestado, es decir, desaparece y muere en el rey Luna, la vasija de todas las aguas de la vida inmortal) y queda oculta en ella; entonces los hombres no la perciben.

La Brhadâranyaka Upanisad expresa esto mismo de otro modo: Esta Luna es la miel de todos los seres, y todos los seres son la miel de esta Luna.

En la vida eterna, soma/amrta tiene siempre el mismo contenido, pero en la naturaleza crece y decrece igual que la Luna. Cuando ésta se encuentra llena, el cáliz está lleno de soma, pero —continúa la historia— los dioses lo necesitan para mantener su inmortalidad, por lo que cada día beben un poco, hasta que la Luna se vacía.

El origen del soma se encuentra en el relato del «batido del Océano Lácteo», en el Mahabharatay el Ramaiana. En los primeros días del mundo, los dioses y los demonios, los antidioses, dejaron de luchar unos contra otros y entre todos batieron el Océano Lácteo Cósmico para obtener la poción que garantizaba la inmortalidad, el amrta o soma. Tal cosa ocurrió porque los dioses, reunidos en la cumbre del monte Meru, descubrieron asustados que por algún defecto extraño no eran inmortales. Así que le preguntaron a Visnu qué hacer, y éste les dijo que colaborasen con los antidioses en vez de luchar contra ellos.

El origen del soma se encuentra en el relato del «batido del Océano Lácteo».

En primer lugar, el propio Visnu adquirió la forma de una tortuga y se sumergió en el Océano Lácteo para aguantar el peso de la montaña batiente, Mandara, que los dioses colocaron en su espalda. El rey de las serpientes, Vasuki, aceptó convertirse en una cuerda y rodeó la montaña, y entre todos, con los dioses en un extremo y los antidioses en el otro, hicieron girar a la serpiente adelante y atrás durante miles de años. La montana batió el océano tan enérgicamente que sus árboles cayeron y la fricción provocó llamas, e Indra tuvo que apagarlas con el agua de sus nubes:

Pero las diversas savias exudadas por los grandes árboles y los jugos de numerosas hierbas fluyeron hasta llegar al agua del océano. Y de aquellos fluidos, que poseían la esencia de la ambrosía, y de la exudación de oro líquido mezclado con el agua, los dioses obtuvieron la inmortalidad. Entonces el agua del océano se convirtió en leche al mezclarse con aquellos fluidos supremos, y la leche en mantequilla clarificada.

El primero en alzarse del océano fue Soma, la «Luna tranquila de rayos fríos» (que Siva cogió para llevarla sobre la cabeza) y el «Sol de cien mil rayos». Después llegaron la diosa Sri (Laksmi) y la diosa del vino; luego, el caballo blanco del Sol, la madreperla y el gran elefante, Airavata. Pero a continuación surgió un humo negro venenoso llamado «Cumbre Negra», la máxima concentración del poder de la muerte, que Siva aspiró y tragó, lo que hizo que se le pusiera la garganta azul. Después llegaron el árbol mágico y la vaca mágica que concedían todos los deseos, y, por último, el dios de la curación, Dhanvantari, soste­niendo la copa blanca de la ambrosía de la vida eterna, soma/amrta.

El batido del Océano Lácteo. Pintura india s. XIX. Museo Chandigarh.

Según otra leyenda, cuatro gotas de soma salieron despedidas de la copa y cayeron en el lugar donde los ríos Ganges y Yamuna se unen y se mezclan. Este relato es tan esencial en la vida religiosa de los hindúes que el 14 de enero de 2001 ocho millones de personas se bañaron en los ríos del Allahabad para celebrar el denominado «Festival gigantesco de la jarra de néctar», Maha Kumbh Mela.

En el significado de soma convergen dos tradiciones. En efecto, también se decía que, en la Tierra, era la savia lechosa de la planta trepadora del mismo nombre, que se fermen­taba para crear una bebida que causaba éxtasis en quienes la ingerían y los liberaba del miedo, principalmente del miedo a la muerte. Los bebedores se llenaban con el espíritu, con manas: Hemos bebido soma; nos hemos convertido en inmortales. Hemos entrado en la luz, hemos conocido a los dioses. (Rg Veda)

Hemos bebido soma; nos hemos convertido en inmortales. Hemos entrado en la luz, hemos conocido a los dioses.

El soma era tan importante que en los Vedas tempranos constituye el tema de 120 him­nos, y los 114 del noveno libro del Rg Veda están dedicados a la deidad Soma. A menudo es difícil distinguir la planta y la bebida del dios, posiblemente porque en su origen eran percibidos como una totalidad. El origen celestial de Soma como «rey de las plantas» se pone de manifiesto en la historia del águila que voló hasta el ciclo y, lanzándose «con la rapidez del pensamiento», penetró en la fortaleza de bronce, agarró la planta perenne y la llevó a la Tierra. Desde entonces, la planta crece «en el ombligo de la Tierra, en las montañas» que tocan el cielo y en «el centro del mundo», donde interaccionan el cielo y la Tierra.

Algunos comentaristas consideran que no fue hasta el período védico tardío cuando Soma se identificó con la propia Luna (el otro dios lunar era Candra). Pero el soma poseía desde el principio todos los dones característicos de las deidades lunares: salud, fecundidad y renovación eterna. «¿Acaso no he bebido soma?» era el grito liberador de toda limitación. Algunos párrafos de los himnos védicos tardíos y los Puranas señalan la transición del soma como ambrosía al Soma como la Luna: «Que el dios Soma, el que es llamado la Luna, me libere». En cuanto dios lunar, Soma fertilizaba toda la Tierra con su ambrosía, que era el elixir definitivo: la «medicina», como se lo solía llamar. Hacía caminar a los lisiados y ver a los ciegos, sanaba a los enfermos de cuerpo y de espíritu. Beber soma proporcionaba inspiración a los poetas, potencia sexual, comunión con los dioses e inmortalidad.

 Soma fertilizaba toda la Tierra con su ambrosía, que era el elixir definitivo: la «medicina», como se lo solía llamar.

La clave para comprender esto parece residir en el Satapatha Brahmana., donde está escrito: «Y, en verdad, la copa de soma es también la mente». La imagen de los dioses y los antidioses colaborando para crear algo nuevo a partir de su oposición es una ima­gen de esperanza para la mente que se halla en conflicto consigo misma. Por lo tanto, el soma, el elixir de la vida, es el estado del ser que se alcanza cuando la mente se desliga de su identificación con cualquier polaridad y se libera en una visión del camino entre todos los pares de opuestos: espíritu y naturaleza, individuo y vida y muerte, yo y tú («hemos conocido a los dioses»).

Krsna de niño señalando la Luna en el agua, mientras su madre, Yasoda, señala la Luna en el cielo. Témpera sobre papel, escuela Pahari, ca. 1790.

Ugra-Tara, en la imagen Kali, con un collar de calaveras, danzando sobre Siva, tocado con una luna creciente. Pintura Pahadi. ss. XVIII.XIX. Museo Nacional de Delhi.

 

 

INFORMACIÓN LIBRO

Jules Cashford, “La Luna. Símbolo de transformación”