Relato aparecido en libro «Pequeñas alegrías» de Raimon Arola y Luisa Vert (Olañeta editor, Mallorca 2006).

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Las mañanas se levantaban blancas en los alrededores del monasterio del la Santísima Noche, en los Pirineos Orientales, unos mil años después de la muerte de Nuestro Señor Jesucristo. Antes de la salida del sol, mientras los artesanos y obreros se dirigían hacia sus trabajos en el monasterio, los monjes cantaban las salmodias sagradas invocando la misericordia divina. Pues, todos, religiosos y laicos, se sentían amenazados por las terrible profecías del Apocalipsis que anunciaban el próximo fin del mundo.

Pues, todos, religiosos y laicos, se sentían amenazados por las terrible profecías del Apocalipsis que anunciaban el próximo fin del mundo.

Con el nuevo día volvía la calma al comprobar que, una vez más, el Juez supremo había suspendido su castigo terrible. Pero al llegar la noche los terrores volvían a apoderarse del corazón de los hombres, y así, entre espantos y acciones de gracias, trascurría su tiempo. A partir del año mil treinta y tres, aniversario de la Pasión del Salvador, muchos empezaron a desconfiar de las profecías, puesto nada de lo anunciado había sucedido.

Al igual que los demás habitantes de las cabañas que se levantaban al abrigo de la abadía, el joven Isern trabajaba para la comunidad religiosa. Ayudaba a los artesanos dedicados a la preparación de los pergaminos que los monjes utilizaban para iluminar la sagrada palabra de Dios. En los sótanos de piedra se lavaban las pieles de los corderos, que después se pulían y se preparaban en los bastidores de madera que el joven confeccionaba. A veces se le encomendaba llevar las pieles, ya preparadas, a la sala de escritura, situada en el piso superior, entonces subía con su carga preciosa los peldaños que conformaban las distintas escaleras, tarareando los cantos litúrgicos que oía en el monasterio.

Ya en el escritorio, Isern, disfrutaba contemplando a los monjes aplicados sobre sus miniaturas, los colores brillantes que usaban y que llenaban de luz los espacios vacíos. Si no hubiese sido tan pobre le hubiera gustado dedicar su vida a Jesucristo, pues poseía un espíritu sensible y atento y en su corazón anidaba un profundo amor por los sagrados misterios.

Los monjes eran los guardianes de la palabra de Dios, auténticos guerreros del espíritu y como los escribas antiguos, dedicaban su vida a copiar una y cien veces los textos sagrados del Apocalipsis o Libro de la Revelación. Usaban el rojo para el texto bíblico y el negro para el comentario de los antiguos Padres, dejando numerosos espacios en blanco que, más tarde, uno de sus hermanos llenaría con las imágenes vistas por san Juan en la isla de Patmos.

Los monjes eran los guardianes de la palabra de Dios, auténticos guerreros del espíritu y como los escribas antiguos, dedicaban su vida a copiar una y cien veces los textos sagrados del Apocalipsis

A Isern le gustaba acercarse al pupitre del anciano monje encargado de iluminar los pergaminos. Escenas de luchas terribles, franjas de distintos tamaños marcadas con atrevidos contrastes, bestias echando fuego por sus siete bocas abiertas, un universo de colores fuertes y formas extrañas, que nada tenía que ver con la realidad y que lo cautivaba. Su autor, fray Silvestre, dejaba que el muchacho permaneciera un rato a su lado e incluso, a veces, le explicaba el significado de la escena que estaba pintando. Entonces los demás monjes sonreían con disimulo, pues, si bien Silvestre había demostrado siempre una extraordinaria pericia con los pinceles, no sucedía lo mismo con la escolástica, en la que se movía con una simplicidad que rozaba la ignorancia.

Aquella tarde fray Silvestre estaba pintando la apertura del quinto sello del Apocalipsis. Isern permanecía a su lado, inmóvil, como siempre, contemplando las franjas coloreadas donde se veían unos pájaros. El monje le contó que aquellos pájaros representaban las almas de los mártires que habían sido degollados.

–¿Tu sabes qué es un mártir?, le preguntó el monje de pronto.

El muchacho no supo qué responder pues todo su conocimiento sobre las Escrituras provenía del mismo fray Silvestre. El monje había comprendido desde hacía tiempo, que en Isern habitaba un espíritu sutil, y poco a poco había intentado despertar su curiosidad hacia los secretos contenidos en las Escrituras. Por eso, aunque a veces refunfuñara, la verdad era que disfrutaba explicando los misterios de Dios a aquel joven de mirada clara. Los demás monjes con sus pretenciosas explicaciones, sus solemnidades, y, sobre todo, con su miedo a lo desconocido, le disgustaban, y por eso procuraba no participar nunca en sus discusiones teológicas, lo que le había granjeado fama de simple.

… y poco a poco había intentado despertar su curiosidad hacia los secretos contenidos en las Escrituras

–Mártir–continuó Silvestre, en voz muy baja–, quiere decir testigo, los mártires son los testigos de lo que se dice en las Escrituras y con su presencia dan fe de la verdad de Cristo. Interceden por nosotros e impiden que la cólera de Dios se derrame sobre la tierra.

Al oír estas palabras, el joven no pudo contenerse y exclamó en voz alta:

–¡Quizá por eso, aunque estuviera anunciado, no se acaba el mundo!

Las miradas severas de los otros monjes le hicieron bajar la cabeza. Fray Silvestre, al contrario, sonrió complacido y, con un susurro para que los demás no lo advirtieran, le invitó a que, más tarde, lo visitara en su celda.

Los justos con su presencia dan fe de la verdad de Cristo. Interceden por nosotros e impiden que la cólera de Dios se derrame sobre la tierra.

Cuando, por fin, las sombras se adueñaron de la abadía, el joven llamó a la puerta del hermano Silvestre. Sin mediar palabra el monje le mostró unos pergaminos escritos con unas letras extrañas que Isern nunca antes había visto:

–Aquí, en estas páginas se explica la historia de un justo, un judío –susurró fray Silvestre– que hace muchos, muchísimos años, cuando Dios también quiso destruir el mundo, impidió que lo hiciera. Los justos son el lugar donde reside Dios aquí en la tierra. Ellos son los testigos de su existencia y por eso son el fundamento del mundo, que existe sólo a causa de ellos. Dios rige el mundo según sus deseos.

Aquí se detuvo el fraile, dejó que sus palabras penetrasen en el entendimiento del joven, al cabo de un tiempo añadió:

–Ya ves que antes tuviste una buena intuición, pues, mientras haya un justo no habrá ningún juicio en el mundo.

–Hermano Silvestre –contestó el muchacho azorado–, pero en nuestros tiempos… no, no puede ser, pero si fuera… entonces, las profecías que anunciaban el fin de los tiempos quizá no estuvieran equivocadas. Si ahora existiera un justo para detener la cólera de Dios, entonces…

Isern se detuvo, los mártires, los justos, eso pertenecía a los tiempos antiguos, cuando se escribieron las Sagradas Escrituras. No le parecía posible que en aquel momento alguien estuviese en condiciones de discutirle nada a Dios. Entonces alzó los ojos hacia el anciano Silvestre y le preguntó sin bajar la mirada:

–¿Vos creéis que pueda haber un justo en el mundo ahora, en nuestros tiempos?

Los justos son el lugar donde reside Dios aquí en la tierra. Ellos son los testigos de su existencia y por eso son el fundamento del mundo, que existe sólo a causa de ellos. Dios rige el mundo según sus deseos.

Fray Silvestre sostuvo su mirada y tras aquellos ojos de un azul purísimo el joven intuyó unos abismos indescifrables. Después el anciano bajó los ojos y preguntó sonriendo:

–¿Cómo quieres que lo sepa?

La campana de la Iglesia llamó a los monjes a la oración de la noche y fray Silvestre se alejó sin decir nada más. Isern salió tras él y con pasos vacilantes se escurrió hacia su cabaña.

Durante varios días se sintió enfermo. La fiebre que lo tuvo postrado en su cama, también fue la causa de los extraños sueños que lo atacaron. En ellos veía a un anciano monje de ojos azules sentado en un trono de oro, rodeado por los cuatro vivientes, mientras un ejército de ángeles celebraba su victoria sobre la Bestia.

Cuando, por fin, Isern pudo volver a la abadía oyó como el hermano portero comentaba entre bromas que el hermano Silvestre había partido hacia otro convento donde su trabajo era necesario.

–Pobre fray Silvestre, imaginaos, ¡quién puede creer que un monje como él sea “necesario” en ninguna parte!