Chamanismo y vocación mística

Fragmento del capítulo primero del libro de Mircea Eliade titulado “El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis”, en el se establecen las bases de lo que es el chamanismo y también de lo que no es. Edición R. Arola y L. Vert

blanc.eCon el tiempo los escritos de Eliade se van llenando, si cabe, de más sentido. En 1951 escribió un tratado muy completo sobre el chamanismo que, más de medio siglo después, nos parece perfectamente actual. El fragmento que hemos seleccionado sigue a una serie de imágenes antiguas, muchas de ellas provenientes de la página:Shamans and other Worlds

1Chamans.1 2Chamans.96 3Chamans.9 4Chamans.8 5Chamans.2 6Chamans.3 7Chamans.4 8Chamans.5 9Chamans.6 91Chamans.7 92Chamans.91 93Chamans.92 94Chamans.93 95Chamans.94 96Chamans.95

Texto de Eliade

Desde que principió el siglo, los etnólogos adoptaron la costumbre de emplear indistintamente los términos chamán, hombre-médico (medicine-man), hechicero o mago, para designar a determinados individuos dotados de prestigios mágico-religiosos y reconocidos en toda sociedad “primitiva”. Por extensión se ha aplicado la misma terminología en el estudio de la historia religiosa de los pueblos “civilizados” y se ha hablado, por ejemplo, de un chamanismo hindú, iranio, germánico, chino e incluso babilónico, refiriéndose a los elementos “primitivos” testimoniados en las respectivas reli­giones. Por muchas razones, semejante confusión tiene que perju­dicar la inteligencia misma del fenómeno chamánico. Si se designa con el vocablo “chamán” a todo mago, hechicero, hombre-médico o extático que se halle en el curso de la historia de las religiones y de la etnología religiosa, se llegará a una noción extraordinaria­mente compleja e imprecisa a la vez, de utilidad muy dudosa, puesto que ya se dispone de los términos “mago” y “hechicero” para expresar nociones tan dispares y vagas como las de “magia” y “mística” primitivas.

Estimamos que merece la pena limitar el uso de los vocablos “chamán” y “chamanismo”, justamente para evitar los equívocos y poder ver con más claridad en la propia historia de la “magia” y de la “hechicería”. Porque, desde luego, el chamán es, él también, un mago y un hombre-médico: se cree que puede curar, como todos los médicos, y efectuar milagros fakíricos, como todos los magos, sean primitivos o modernos. Pero es, además, psicopompo, y puede ser también sacerdote, místico y poeta. En la masa gris y “confusionista” de la vida mágico-religiosa de las sociedades arcai­cas considerada en su conjunto, el chamanismo —tomado en su sentido estricto y exacto— ofrece ya una estructura propia y des­cubre una “historia” que conviene precisar.

El chamanismo stricto sensu es por excelencia un fenómeno siberiano y central-asiático. El vocablo nos llega, a través del ruso, del tungús shaman. En las demás lenguas del centro y del norte de Asia los términos correspondientes son: el yakuto ojun, el mongol bügd, boga (buge, bu) y udagan (cf. también el buriato udayan, el yakuto udoyan: “la mujer chamana”), el turco-tátaro kam (el altai­co kam, gam, el mongol kami, etc.). Se ha tratado de explicar el término de la lengua tungusa por el pali samaría, y acerca de esta posible etimología —que corresponde al gran problema de las influencias hindúes sobre las religiones siberianas— volveremos a hablar en el último capítulo. En toda esta inmensa área que com­prende el centro y el norte de Asia, la vida mágico-religiosa de la sociedad gira alrededor del chamán. Esto no quiere decir, claro está, que él sea el único manipulador de lo sagrado, ni que la actividad religiosa esté totalmente absorbida por él.  En muchas tribus el sacerdote sacrificador coexiste con el chamán, sin contar con que cada jefe de familia es también el jefe del culto domés­tico. Sin embargo, el chamán continúa siendo la figura dominante: porque en toda esta zona, donde la experiencia extática está con­siderada como la experiencia religiosa por excelencia, el chamán, y sólo él, es el gran maestro del éxtasis. Una primera definición de tan complejo fenómeno y quizá la menos aventurada, sería ésta: Chamanismo es la técnica del éxtasis.

Así ha sido reconocido y descrito por los primeros viajeros en las diversas comarcas del Asia central y septentrional. Más tarde se han observado en América del Norte, en Indonesia, en Oceanía y en otras partes fenómenos mágico-religiosos similares. Y, como veremos en seguida, estos fenómenos son típicamente chamánicos, e interesa estudiarlos al mismo tiempo que el chamanismo siberiano. Con todo, debemos hacer aquí una observación imprescindible: La presencia de un complejo chamánico en una zona cualquiera no significa necesariamente que la vida mágico-religiosa de tal o cual pueblo haya cristalizado alrededor del chamanismo. Puede presen­tarse este caso (y se produce, por ejemplo, en determinadas regio­nes de Indonesia), pero no es lo más corriente. Por lo común, el chamanismo coexiste con otras formas de magia y de religión.

Y aquí es donde se aprecia lo ventajoso que es emplear el tér­mino chamanismo en su sentido riguroso y propio. Porque, si uno se preocupa en diferenciar al chamán de otros “magos” y medicine-men de las sociedades primitivas, la identificación de complejos chamánicos en tal o cual religión adquiere de pronto una signi­ficación sobremanera importante. En todas partes del mundo hay magia y hay magos, mientras que el chamanismo entraña una “especialidad” mágica particular, acerca de la cual insistiremos largamente: el “dominio del fuego”, el vuelo mágico, etc. De aquí que, aunque el chamán sea, entre otras cosas, un mago, no im­porta que el mago no pueda ser calificado de chamán. Idéntica distinción se impone a propósito de las curaciones chamánicas: cualquier medicine-man es curandero, pero el chamán utiliza un método de su exclusiva pertenencia. En cuanto a las técnicas cha­mánicas del éxtasis, desde luego no agotan todas las variedades de la experiencia extática atestiguadas en la historia de las religiones y la etnología religiosa; pero no se puede considerar a un extático cualquiera como chamán; éste es el especialista de un trance du­rante el cual su alma se cree abandona el cuerpo para emprender ascensiones al Cielo o descendimientos al Infierno. Es igualmente necesaria una distinción del mismo género para precisar la relación del chamán con los “espíritus”. Por todas par­tes, tanto en el mundo primitivo como en el moderno, hay indi­viduos que pretenden sostener relaciones con los “espíritus”, ya sean “poseídos” por estos últimos, ya sean ellos los que los domi­nan. Se necesitarían volúmenes para estudiar convenientemente todos los problemas que se presentan en relación con la idea mis­ma del “espíritu” y de sus posibles relaciones con los humanos; porque un “espíritu” puede ser lo mismo el alma de un difunto que un “espíritu de la Naturaleza”, un animal mítico, etc. Pero el estudio del chamanismo no exige tanto: bastará con situar la posición del chamán en relación con sus espíritus auxiliares.

Por medio de un ejemplo se verá fácilmente en qué se distingue un chamán de un “poseso”: El chamán domina sus “espíritus”, en el sentido en que él, que es un ser humano, logra comunicarse con los muertos, los “demonios” y los “espíritus de la Naturaleza”, sin convertirse por ello en un instrumento suyo. Se encuentran, cier­tamente, chamanes verdaderamente “poseídos”, pero éstos consti­tuyen más bien excepciones aberrantes que tienen, por otro lado, su explicación.

Estos pocos detalles precisos que proporcionamos, a manera de datos preliminares, indican ya el camino que nos proponemos se­guir para llegar a una justa comprensión del chamanismo. Dado que este fenómeno mágico-religioso se manifiesta en su forma más completa en Asia central y septentrional, tomaremos como ejem­plar típico al chamán de estas regiones. No ignoramos, y tratare­mos de demostrarlo, que el chamanismo central y nor-asiático, por lo menos en su aspecto actual, no son un fenómeno originario y libre de toda influencia exterior. Por el contrario, se trata de un fenómeno que tiene una larga “historia”. Pero estos chamanismos central-asiático y siberiano tienen el mérito de presentarse como una estructura, en la cual elementos que existen difusos en el resto del mundo —a saber: relaciones especiales con los “espíri­tus”, capacidades extáticas que permiten el vuelo mágico, la ascen­sión al Cielo, el descenso a los Infiernos, el dominio del fuego, etc.— se revelan ya, en la zona de que se trata, integrados en una ideología particular y haciendo válidas técnicas específicas.

Semejante chamanismo stricto sensu no está limitado al Asia central y septentrional y más adelante trataremos de señalar el mayor número de paralelos. Por otra parte, se encuentran, com­pletamente aislados, ciertos elementos chamánicos en diversas for­mas de magia y de religión arcaicas, y su interés es considerable: porque muestran hasta qué punto el chamanismo propiamente dicho conserva un fondo de creencias y de técnicas “primitivas” y en qué medida se ha innovado. Siempre atentos a delimitar el lugar del chamanismo en el seno de las religiones primitivas (con todo lo que entrañan estas últimas: “magia”, creencia en los Seres supremos y en los “espíritus”, concepciones mitológicas y técnicas del éxtasis, etc.), nos veremos obligados a hacer continuamente alusión a fenómenos más o menos similares, sin considerarlos por esto como “chamánicos”. Pero siempre conviene, además, comparar y mostrar lo que un elemento mágico-religioso, análogo a un ele­mento chamánico, ha dado de sí, estando integrado en otro con­junto cultural y con otra orientación espiritual.

Por mucho que el chamanismo domine la vida religiosa del Asia central y septentrional, no es, sin embargo, la religión de esta área inmensa. Únicamente la comodidad o la confusión han podido en ocasiones llegar a considerar como chamanismo la religión de los pueblos árticos o turco-tátaros. Las religiones del Asia central y septentrional rebasan por todas partes al chamanismo, del mismo modo que una religión cualquiera rebasa la experiencia mística de algunos de sus miembros privilegiados. Los chamanes son “ele­gidos”, y como tales tienen entrada en una zona de lo sagrado, inaccesible a los demás miembros de la comunidad. Sus experien­cias extáticas han ejercido, y ejercen aún, una poderosa influencia en la estratificación de la ideología religiosa, en la mitología y en el ritualismo. Pero ni la ideología, ni la mitología, ni los ritos de los pueblos árticos, siberianos y asiáticos son creaciones de sus chamanes. Todos esos elementos son anteriores al chama­nismo o, por lo menos, paralelos, en el sentido de que son el producto de la experiencia religiosa general, y no de una determinada clase de seres privilegiados: los extáticos. Por el contrario, y como tendremos ocasión de comprobarlo, obsérvese muchas veces el es­fuerzo de la experiencia chamánica (esto es, extática) para expre­sarse por medio de una ideología que no le es siempre favorable.

Por no anticipar demasiado el contenido de los capítulos si­guientes, contentémonos con decir que los chamanes son seres que se singularizan en el seno de sus respectivas sociedades por deter­minados rasgos que, en las sociedades de la Europa moderna, re­presentan los signos de una “vocación” o, al menos, de una “crisis religiosa”. Los separa del resto de la comunidad la intensidad de su propia experiencia religiosa. Esto equivale a decir que sería más razonable situar al chamanismo entre las místicas que en lo que habitualmente se llama una “religión”. Ya tendremos ocasión de encontrar al chamanismo en el seno de un considerable número de religiones, porque el chamanismo sigue siendo siempre una técnica extática a la disposición de una determinada minoría y constituye, en cierto modo, la mística de la religión respectiva. Una comparación acude inmediatamente a nuestro pensamiento: la de los monjes, místicos y santos en el seno de las iglesias cris­tianas. Pero no es necesario forzar la comparación: a diferencia de lo que ocurre en el cristianismo (por lo menos, en su historia reciente), los pueblos que se declaran “chamanistas” conceden una considerable importancia a las experiencias extáticas de sus cha­manes; estas experiencias les conciernen personal e inmediatamen­te, porque son los chamanes quienes, valiéndose de sus trances, los curan, acompañan a sus muertos al “Reino de las Sombras”, y sirven de mediadores entre ellos y sus dioses, celestes o infernales, grandes o pequeños. Esta restringida minoría mística no solamente dirige la vida religiosa de la comunidad, sino que también, y en cierto modo, vela por su “alma”. El chamán es el gran especialista del alma humana: sólo él la “ve”, porque conoce su “forma” y su destino.

Y donde no interviene la suerte inmediata del alma, donde no se trata de enfermedad (pérdida del alma) o de muerte, o de mala suerte, o de un gran sacrificio que entraña una experiencia extá­tica cualquiera (viaje místico al Cielo o a los Infiernos), el chamán no es indispensable. Una gran parte de la vida religiosa se desen­vuelve sin él.

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