Escogemos el último capítulo de «La física y metafísica de la pintura» de Louis Cattiaux para presentar la nueva andadura de nuestra (vuestra) web, pues describe magistralmente lo que sentimos y nos conduce. También explica nuestra voluntad de proponer nuevas formas de creación artística.

blanc.d Fotografía de Maite Blay de una aurora tarragonense

La web de Arsgravis se creó en noviembre de 2006. En noviembre de 2013 hemos comenzado una nueva etapa con un nuevo formato, pero, obviamente, con el mismo espíritu, que recogemos en este texto de Cattiaux.

La libertad del espíritu y del alma es indispensable para realizar la captación y la proyección artística; es el resultado del equilibrio de las facultades y de las funciones del ser por la unión interior. Se puede decir que el artista está liberado, cuando se encuentra libre del miedo a hacerlo mal y de la voluntad de hacerlo bien.

El artista ha de permanecer inmutable en medio de lo movedizo, libre en el mundo, coadjutor del Dios que crea el Universo.

Al ser la sensibilidad su único medio de comunicación con la creación y al no intervenir el intelecto más que en segundo lugar como ordenador de la inspiración, necesariamente, ha de protegerse dicha sensibilidad generadora por el ejercicio de una ascesis. Ya que la aptitud natural para «sentir», puede fácilmente transformarse en sufrimiento, en susceptibilidad, en irritación perpetua e incluso convertirse en orgullo delirante.

Por eso insistimos en la utilidad de la práctica de una ascesis del desapego y del olvido de sí mismo, que se obtiene por la comunicación con los maestros espirituales y por la meditación cotidiana.

«El genio puede hundirse en la locura, la santidad jamás» (Libro Desconocido).

La santidad posee en efecto esa guarda extraordinaria que se llama humildad y que es la libertad conquistada en medio de las trampas de la apariencia mundana. El santo no se toma en serio, no se enorgullece de lo que no le pertenece, nada le pertenece aquí abajo excepto la paciencia de la criatura y la alabanza del creador.

El artista verdadero es aquel que ha arrojado de la boca el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, es el que hace bien lo que tiene que hacer y no se preocupa del efecto que produce en los demás; aunque hubiera de morir por su no conformidad con la visión circundante.

El artista explora la vida, se pierde en ella y se reencuentra en ella.

En la verdadera obra de arte, como en la creación, no existe el aburrimiento, es la señal de su común origen divino.

Pues el artista, deseoso de adquirir el estado de libertad indispensable para el logro de la creación artística, ha de atenerse a una disciplina mental de la misma manera que tiene que practicar una disciplina artesanal, a fin de alcanzar la maestría en la expresión física de su arte.

Tendrá que luchar a cada instante para conservar el abandono, la facilidad de improvisación, la fantasía, la audacia y la alegría que animan la obra de arte.

Deberá mantener presente en su espíritu la única finalidad interior, libre de toda preocupación concerniente al juicio del público.

Deberá esforzarse en trabajar en ese estado de doble visión que es condición  de la verdadera inspiración, la verdadera poesía del alma, estado segundo que engendra la extrema lucidez, libera la  volición propia y manifiesta la euforia indispensable para toda creación artística.

Tendrá que sustituir la voluntad, la tensión y la aplicación, por los dones de la gracia, de la intuición y de la sensibilidad, es decir que durante su trabajo deberá intentar mantener el mayor desapego posible frente al tema de su obra y frente a la opinión ajena.

Su visión interior tendrá siempre primacía sobre la objetividad exterior, a fin de que la sugestión se refuerce al máximo.

La inspiración no se ha de cargar con ninguna regla, con ninguna repetición, con ningún esfuerzo, con ninguna molestia, con ninguna prudencia, con ninguna economía, con ninguna moral ni con ninguna razón, ya que el arte viene a ser como la boda entre la paciencia y la fantasía, la imprudencia y el gusto, la improvisación y el orden, lo invisible y lo cotidiano, el espíritu y el peso del color.

Es la mayor audacia unida a la mayor maestría, la perfecta desenvoltura que raya la locura, pero que nunca se hunde en ella.

El arte que desenreda el caos de la sensibilidad es ante todo, «Espagiria», ya que separa y reúne. No posee ninguna razón, es decir, ni porqué ni cómo, y, sobre todo, se opone irremediablemente a la sensatez y al sentido común.

El artista ofrece todo lo que tiene, a fin de no ser poseído por nada; renueva la creación por propio placer; su locura se parece a la sabiduría divina.

Crea en el olvido de sí mismo, cuando alcanza el manantial luminoso del Ser donde todo se hace y deshace perpetuamente.

Por medio de la oración, permanece en contacto con los maestros espirituales a los que ama, pues sabe que la inspiración viene de Dios por su ministerio; secreto este que muy pocos conocen. Pues pocos hombres saben pedir, como también son pocos los hombres que saben dar o recibir con amor.

Bendigamos pues en nuestro corazón a quienes nos ayudan a ser más libres, es el único agradecimiento que aceptan y devuelven a la fuente divina, única inspiradora y única donadora perfecta.

«Primero hemos de romper nuestra prisión desde dentro, y la liberación vendrá al mismo tiempo desde fuera» (El Mensaje Reencontrado)

«Libertad o muerte» para el artista más que para ningún otro hombre; esta fórmula es peligrosamente cierta a lo largo de todos los días de su vida, y mejor aún, lo que debería decorar con letras capitales los muros de su taller es la inscripción: «gratuidad o muerte», ya que el arte es libertad, amor, gratuidad, magia y vida.

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Sobre Louis Cattiaux

“El símbolo (renovado) después del arte. El ejemplo de Louis Cattiaux”

El Mensaje Reencontrado es el objeto de la reflexión del Símbolo Renovado, su autor, Louis Cattiaux, fue un pintor nacido en París a principios del siglo XX, una época continuadora del simbolismo francés. El simbolismo sólo se llena de contenido cuando surge la evidencia de que la multitud de símbolos que aparecen en un diccionario, por ejemplo, se refieren a un solo símbolo que los contiene a todos. Este conocimiento no proviene de un estudio sino de un encuentro. Existen muchas formas simbólicas pero un único símbolo. Sin la experiencia de lo sagrado en el sentido de un despertar o una hierofanía, el simbolismo pierde todo su sentido. El gran símbolo es el ser humano, hecho a imagen y semejanza de Dios. Sin embargo, esta relación original se rompió y por ello constantemente se busca la reunión de lo que en un principio fue uno, algo que en el lenguaje alquímico se conoce como la unión del fijo y el volátil, o la reunión del Nombre en la tradición judía.

 Continuación de la conferencia