El hilo de Penélope
Emmanuel d'Hooghvorst

Chromis et Mnasylus in antro…

 

Honor de los hombres, Santo lenguaje
Discurso profético y engalanado,
                        Hermosas cadenas en las que se adentra
                        El dios en la carne extraviado

P. Valéry

Para alcanzar la perfección de su creación, el arte añade a la naturaleza lo que le faltaba. Niega pues la evolución necesaria, dogma último en que todavía cree nuestro mundo: “la esperanza sin fin” que oculta el arte antiguo. El término de arte puede expresar dos nocio­nes distintas.

La primera coincide con el sentido griego de tekne; se trata del arte transmitido por el talento de los pueblos. El vidriero, por ejemplo, transformará las cenizas en vidrio, que es el término de su perfec­ción. También tenemos el ejemplo del vino en las botellas y que alegra el corazón del hombre. La naturaleza dio el suelo, el aire, la luz, el calor, la vid y la uva; pero el arte es lo que hizo el Clos de Vougeot 1964. Sin embargo, dos criadores de vino distintos, propietarios en el mismo pago, producirán botellas distintas: la técnica de crianza no fue idéntica.

Entre todas las formas de arte, la poesía es, ciertamente, la más digna de admiración aquí abajo, pues tiene como materia la más noble función humana: la palabra. La poesía, la verdadera, se confunde con la profecía. Los Antiguos no dudaban de que los poetas estuviesen poseídos por un ser divino: la musa. Sin musa, no hay poeta. Los térmi­nos acompasados del decir poético eran los de un dios encarnado. El dios de la poesía era el propio Apolo, director del coro de las musas y fuente de toda profecía o mancia: “Júpiter me ha engendrado. Por mí se manifiesta lo que será y fue y es, por mí se armonizan los cantos y las cuerdas (de la lira)”.
 
Pero esta poesía anuncia un arte todavía más noble que sólo encuentra su justificación en sí mismo en la gratuidad de un eterno reposo: es la fiesta en la que el rey púber se divierte y ríe en su Olimpo, tal es el Gran Arte al que aspiran, mediante las operaciones de la Gran Obra, los sabios quymicos: si escribimos este término con una Y bicorne, ¿no será porque Virgilio, nuestro divino poeta, recibió su saber y su arte de este cuerno?

Nacido cerca de Mantua, en la llanura del Po en el 70 o 71 a. C., Publio Virgilio Marón era de condición humilde, hijo de un campesino que vivía de su pequeña finca. Nuestro poeta conservó toda su vida la nostalgia de los trabajos campestres, de los pastores y rebaños. Los cantó en sus Bucólicas y en sus Geórgicas. A pesar de tener una salud precaria, Virgilio fue un hombre feliz. Durante su vida tuvo muchos amigos, entre ellos, el emperador Augusto, el poeta Horacio y el famoso Mecenas, su protector. Vivió sobre todo en Campania, en la región de Nápoles donde tenía una residencia. También realizó frecuentes estan­cias en Sicilia. Habría emprendido la composición de la Eneida hacia el año 27 a. C, poema en doce cantos dedicado a la gloria de aquella Edad de Oro de Roma, cuyo “retorno” también había anunciado en la famosa IV bucólica. Por esta razón fue considerado por los cristianos como un profeta que anunciaba el nacimiento de Cristo. Murió en Brin­disi al regresar de un viaje a Grecia, a la edad de 51 años, el 22 de sep­tiembre del año 19 a. C. Fue sepultado cerca de la carretera de Nápoles, en Pozzuoli. Sus restos descansan actualmente en Nápoles, en la iglesia de la Mergellina. Había compuesto él mismo su epitafio:“Mantua me engendró, los Calabreses me raptaron, ahora Parténope me posee; he cantado los pastos, los campos, los jefes”.

Decenas de miles de turistas, “beneficiarios de la instrucción obliga­toria”, recorren cada año la bahía de Nápoles. ¿Pero cuántos han ido a recogerse ante la tumba del mayor poeta de Occidente? Efectivamente, la poesía de Virgilio procede de la encarnación del Espíritu que hace a los profetas o, según los griegos, al entusiasmo de las bacantes. Éste es un tema que convendría tratar aparte. Pero hoy en día, ¿quién lee todavía a Virgilio, como poeta del Arte quymico? La alquymia no tiene edad. En vano se buscarían sus oríge­nes en el tiempo; son los de la humanidad misma; tal es el Arte de las “metamorfosis”, haciendo volver la creación entera a su perfección: la edad de oro.
No es nuestra intención hacer aquí, a propósito de Virgilio, erudi­ción literaria o histórica. Otros lo hacen y lo han hecho con éxito. Qui­siéramos sencillamente mostrar, con algunos ejemplos, lo que podría ser un Virgilio alquymista, comentando la obra entera, que general­mente permanece desconocida con respecto a su sentido fundamental.

En un próximo estudio, evocaremos algunos pasajes de la Eneida. Hoy nos ocuparemos de las Bucólicas y concretamente de la VI y del “Canto de Sileno”.
El poema está centrado en la persona de Sileno; indica su inspira­ción báquica o dionisíaca, como también lo muestra la referencia a la musa Talía, ya desde los primeros versos: “Nuestra Talía fue la primera en no desdeñar el juego del verso siracuso. Tampoco se sonrojó por habitar los bosques” (VI, 1-2). Esta musa de la comedia representa los misterios bajo un aspecto que incita a la risa. El poeta nos dice que “no se sonrojó por habitar los bosques”, lo cual es una alusión al aspecto grosero de la “prima materia” que, efectivamente, se encuentra en los antros silvestres. Ramon Llull se expresa así en el capítulo III de su Teoría: “Si quieres encontrar esta primera materia, has de saber ... que se la llamó “Forest” por comparación con una cosa tosca y cruda”. Talía era la musa de la comedia, vinculada a los misterios de Baco o Dioniso. Se la representaba con una máscara cómica, un “bastón de pastor” o una guirnalda de hiedra. Respecto a los misterios de la filoso­fía, los contaba “verdes y no maduros”.
 
Tras una introducción que ocupa los doce primeros versos, el poeta nos describe una escena cuyo encanto campestre no debe hacernos perder de vista el mensaje alquymico. Dicha escena es la que intentare­mos comentar. Dos jóvenes, Cromis y Mansilio, descubren a Sileno ebrio y dormi­tando en un antro silvestre. Se empeñan en atarlo con guirnaldas y Egle, la más hermosa de las náyades, les proporciona su ayuda. Al punto, Sileno despierta y pide a los jóvenes que le liberen de sus atadu­ras; como rescate, les ofrecerá un canto, un carmen, al tiempo que otra recompensa es prometida a Egle. Sileno se pone pues a cantar, y los faunos y animales salvajes, a bailar en cadencia. Dicho canto es, en realidad, una revelación de la Gran Obra o “metamorfosis”, tal como se la llamaba entonces.
“Cromis y Mansilio, niños, vieron a Sileno en un antro, dormitando”. (IV, 13-14) Cromis y Mansilio eran, según la tradición, dos jóvenes sátiros, personajes mitológicos con pequeños cuernos y una cola de cabra. Su faz cornuda les venía de su padre, un carnero. Los sátiros, siempre aso­ciados al culto de Baco, aman el vino, los placeres, la música y la danza. Pero nuestro texto los denomina sencillamente pueri, niños. Se dice que la obra de la piedra no es más que un juego de niños. Así pues, nuestros dos pueri, jugando, dando brincos y haciendo cabriolas, des­cubrieron el antro de Sileno. Dicen que nadie puede llegar allí sólo, siempre hay que ser dos: el maestro y el discípulo.

El antro o caverna de los tesoros es la mina donde se encuentra aquella famosa primera materia mineral, llamada aquí “Sileno”. Es feo como ella: se le representa con la frente calva, la nariz roma como Sócrates y, además, gordo y redondo como un tonel.
Su sueño indica este mineral en espera de aquella fecundación, la única que pueda “despertarle”, volviéndolo apropiado para la operación de la Gran Obra. Efectivamente, el tesoro que reposa en el antro minero no puede nada por sí sólo, es decir, sin la ayuda de un sabio discípulo que opera, según las instrucciones de su maestro, la misteriosa unión de los contrarios.

“Conviene interpretar con indulgencia a este Sileno, preceptor y compa­ñero de Dioniso –escribe Michael Maïer en su tratado de los Jeroglíficos–,  al lomo de un joven asno que dobla el espinazo; es para los niños un anciano ridículo, pero en su repliegue posee más de lo que aparentemente promete. De ahí el rumor difundido por Alcibíades respecto al exterior deforme de Sócrates, no obstante muy hermoso en su interior. Un gene­roso señor a veces mora en una vil casucha y un espíritu de refinada erudi­ción, en un cuerpo cargado de harapos y años. Sin embargo, como Pan y los sátiros, compañeros de ruta de Baco y Osiris, Sileno, en realidad, no es más que la primera materia en su estado vil y silvestre, es decir, grosero. Si esta misma materia fuese tratada con dulzura y humanidad, Baco, el omnipotente dios del oro, surgiría pronto para pagar este favor con otro múltiple”.

“Las venas henchidas, como siempre, del vino (Iaccho) de la víspera”. (VI, 15) Iaccho es uno de los nombres de Baco, pero aquí este término sig­nifica el vino cuyo dispensador es Baco. Generalmente se representa a Sileno con “la cabeza grávida” de vino, imagen de esta tierra, principio de la obra, y con las venas hinchadas de un valioso licor.

“Guirnaldas caídas yacían junto a su cabeza”. (VI, 16) Las guirnaldas y las cintas indican siempre la naturaleza sutil o volátil; son las influencias celestes que yacen, inútiles, junto a esta tie­rra adormecida.

“Y colgaba el asa gastada de un pesado cántaro”. (VI, 17) El cántaro es una copa con asas. Por lo tanto, todo lo necesario para la obra se encontraba reunido en aquel lugar. La copa representa el receptáculo para este mercurio destinado a volverse, por las opera­ciones del arte, el elixir de larga vida.

“Acercándosele, empiezan a atarlo con aquellas mismas guirnaldas, pues el anciano a menudo había engañado a uno y a otro dándoles la ilusoria esperanza de un canto”. (VI, 18-19) Efectivamente, a menudo se persigue la Gran Obra, cual quimera, antes de que sea como “tocada con el dedo” en el transcurso de una feliz aventura; también ocurre que, aún poseyendo este precioso don, el dis­cípulo del arte se encuentre con muchas decepciones antes de alcanzar la meta fijada. “Lo atan con aquellas mismas guirnaldas”, difícil labor, la de atar la naturaleza sutil y volátil a esta tierra. Dicha labor sería, de hecho, imposible sin la intervención de Egle, de quien nos hablan los versos siguientes: “A aquellos tímidos niños, viene a asociarse Egle. Egle, la más hermosa de las náyades”. (VI, 20-21)

Egle significa en griego “el resplandor del fuego”. Es la más hermosa de las náyades nadando en el gran Océano, que, según la filo­sofía de los Antiguos, rodea por completo la isla flotante de “nuestra” tie­rra. Desgraciadamente, muchos alquymistas quieren obrar sin asegurarse la compañía de esta hermosa y encantadora persona que ilumina la vía de la sabiduría. Podríamos multiplicar las declaraciones de los filósofos acerca de este tema capital. Citemos una de ellas y las habremos citado todas: “La Naturaleza posee una luz propia que no aparece ante nuestra vista, el cuerpo es para nosotros la sombra de la naturaleza; por ello, en el momento en que alguien es iluminado por aquella hermosa luz natural, todas las nubes se disipan y desaparecen ante sus ojos, supera todas las dificulta­des, todas las cosas son claras para él, presentes y manifiestas”. También es el agente que utilizan los filósofos: “Trabaja en vano quien pone la mano a la obra sin conocer previamente la Naturaleza”. Algunos ciertamente han hallado la materia sustancial de los vege­tales y de los minerales, y han intentado hacerla obedecer a “sus”leyes, mas no han intentado conocer esta luz de la naturaleza ni instruirse humildemente a su contacto.

“Mientras ya ve, ella le pinta la frente y las sienes con moras sangrien­tas”.(VI, 21-22) “Mientras ya ve”, evoca el despertar mineral producido por esta pri­mera unión. La imagen presentada por el poeta es realmente la de un alquymista: tras la ficción antropomórfica de un juego pastoril, se nos describe aquí el mercurio de los filósofos. Producido por la primera con­junción, abre la vía húmeda del famoso “solve”. Pero aquí, aún se encuentra en estado grosero, agreste, podríamos decir. Deberá ser cla­rificado poco a poco por la operación del arte, larga, paciente, delicada, “suaviter cum magno ingenio”. También se trata del famoso espejo de los alquimistas, donde el discípulo de la sabiduría contempla y descifra el secreto de la tierra y de los cielos; por último es el “eléctrum”de Paracelso o primer ser de la filosofía. Con el jugo de moras, sin duda alguna, Vir­gilio ha descrito su color. Se parece a la amatista; el nombre de dicha piedra procede del griego “no estar ebrio”, para indicar la luci­dez que consigue aquél que la contempla. Esta violeta de los bosques es el primero de todos los colores. Florece en primavera, “salivazo azuca­rado de las ninfas negras”, decía Rimbaud. Con razón, la amatista adornaba antaño el anillo pastoral de los obispos y su color era el de sus vestiduras... que todavía llevan hoy cuando se presentan en el Vati­cano.

“Pero él, riéndose de esta astucia: ¿Por qué anudar estas ataduras? Desatadme, niños, basta con que vuestro poder sea evidente”.(VI, 23-24) He aquí la alegría de Sileno al despertar. No hay alegría para esta tierra mientras permanece sola y adormecida. Pero aquí, unos sabios hijos de la filosofía vienen y la riegan con este espíritu fermentativo que la hará vegetar. Es la risa de la primavera. “Desatadme, niños”; debería­mos traducir: “disolvedme”, que también es el sentido más próximo del solvite latín. Es una invitación a la vía húmeda de la disolución.

“Los cantos que queréis conocer, conocedlos. Para vosotros los cantos, para ésta, otra recompensa”. (VI, 25-26) Contemplar a este Sileno es una elocuente revelación. A través del cristal de su atanor, y en el momento de esta maravillosa “conjunción” de la cual nos ha hablado el poeta en el verso 22, el discípulo del Arte contempla maravillado el único tesoro de la vida, y dicha contempla­ción se desarrollará poco a poco en su espíritu y en su corazón como el suntuoso poema de esta naturaleza entera, que se muestra a él: “Aquél cuyas manos hayan tocado aquella valiosa materia –dice Saint Baque de Bufor–, de ella recibirá fácilmente la inteligencia de todos los misterios de la Escritura”, y añadiremos, “también los de la poesía inspirada y los de la santa mitología”.

He aquí el canto de este Sileno, a menudo tan decepcionante e inasequible para los deseos de los buscadores, pero que Egle, sólo ella, la más hermosa de las náyades, logrará volver “elocuente”. “Para ésta, otra recompensa”, es una alusión a la vía seca de la coa­gulación que sigue a la disolución.

Los versos siguientes son alegres y rítmicos, como un canto para bailar. El hexámetro virgiliano, con sus largas, sus breves y sus tiem­pos fuertes, se presta mucho a la evocación de una alegre danza de fau­nos y animales salvajes, al canto del anciano. Incluso los robles del bosque balanceaban sus copas al compás. Estos versos latinos se can­taban y se bailaban. Según la tradición conservada por el escolástico Servio, cuando la cantante Citeris presentó por primera vez este poema en el teatro de Roma, el público le brindó una entusiasta aco­gida. “Enseguida empieza; entonces, a compás, a faunos y animales salvajes hubieras visto jugar, entonces las copas rígidas de los robles inclinarse en cadencia. La roca del Parnaso no se regocijó tanto de Febo, ni el Ródope y el Ismaro admiraron tanto a Orfeo”. (VI, 26-30)

Citemos también, para terminar nuestro relato, los tres versos siguientes. Merecen la pena, pues realmente Virgilio los selló con el sello de la alquymia. “Pues cantaba cómo se habían amalgamado, en el gran vacío, las simientes de las tierras, del soplo y del mar con el fuego líquido”. (VI, 31-33) ¿Quién puede, pues, pretenderse discípulo de la alquymia sin haber visto, en la luciente copa, tierra y fuego fluyendo del aire que llueve? El autor de estos versos revela aquí su calidad excepcional.

Creemos haber presentado suficientemente al lector nuestro Virgi­lio alquymista. Tal era el propósito de este estudio, muy modesto com­parado con el que hubiera tenido que hacerse. El resto del poema de Sileno es un canto mitológico sobre las meta­morfosis o “transformaciones”, o también, sobre el misterio de la palin­génesis o “nuevo nacimiento”.

Si el oro vulgar es un sol muerto, el arte poético hace hablar a las tumbas, e incluso, como en este caso, las hace cantar. Hace ya treinta años nuestro amigo Louis Cattiaux decía: “ya nadie puede oponerse a las tinieblas que van espesándose sobre el mundo” . Hablaba, por supuesto, de la espesura de los necios. El olvido nos amenaza y nuestros hijos, si nos descuidamos, al no tener heren­cia, ya no tendrán porvenir.

Al abolir las lenguas clásicas es a nosotros mismos a quien aban­donamos, y al no tener antepasados, ya no tendremos verdadera des­cendencia, es decir, herederos. Dentro de unos años, ya nadie leerá a Virgilio, ni a él ni a nadie, salvo a los comics. Como Egipto, que tanto brilló en el mundo, el antiguo mensaje también se perderá en las are­nas del olvido. Así es como los pueblos pierden su alma. ¿Cómo podríamos resignarnos a esto?
¿Se callará para siempre en el corazón de los hombres aquél que fue el mayor poeta de nuestro Occidente? Era hermoso, sin embargo, cual mensajero de los dioses olímpicos. Una humanidad entera se borraría con él: pero ¿quién lo siente todavía así?