Prólogo
Este ensayo pretende reflexionar sobre el vínculo que une las creaciones artísticas y el simbolismo universal. Para profundizar en esta unión, a veces sutil, nos hemos centrado en un tema muy conocido en la Antigüedad y que se refiere a las estatuas vivas. Maspero, el gran arqueólogo francés del siglo pasado, quien acuñó este término, escribía sobre dichas estatuas de la antigua cultura egipcia: “Estaban animadas, hablaban, se movían, no en sentido metafórico, sino realmente. No es posible dudar de que, la menos en Tebas, en tiempos de la XIX dinastía y siguientes, las estatuas de Amón hacían verdaderos milagros. Las inscripciones nos muestran que en tiempos de los últimos Ramesidas, no se empezaba nada sin consultar la estatua del dios. El rey, en el interior del santuario, y a veces incluso en público, se dirigía a la estatua y le exponía el asunto; después de cada pregunta la estatua afirmaba con la cabeza dos veces”.
Según las leyendas del pasado, el espíritu de los dioses se albergaba en el interior de las estatuas y las animaba realmente. Esto, hoy en día, nos puede parecer insólito pero no lo era para los artistas primitivos, quienes empezaban todas sus obras invocando la presencia de las musas para que dirigiesen la realización de su arte y que así, finalmente, los espíritus celestes pudieran habitar en el interior de las obras de un modo tan real y palpable que, como en el ejemplo citado por Maspero, llegaban incluso a animarlas.
Para estos artistas las musas eran el fundamento de todas las creaciones artísticas, por medio de ellas atraían el poder de los espíritus del cielo. Los documentos que nos han llegado sobre las estatuas vivas aluden, inequívocamente, al misterio de la unión del espíritu celeste con las formas materiales. Para los antiguos, las estatuas vivas eran creaciones realizadas por el hombre que contenían la vida procedente de los espíritus celestes, los dioses, por medio del magisterio de las musas. La comunicación entre el cielo y la tierra era además de un acto artístico, un acto mágico.
Al plantearnos la creación artística desde el punto de vista mágico, debemos situarnos en la perspectiva que en el pasado se tenía de este arte, para ello utilizaremos las palabras de Eugenio Filaleteo: “En una época más sabia, cuando la magia era mejor comprendida y de forma más general, los que profesaban este arte la dividían en tres partes: elemental, celeste y espiritual. La parte elemental contenía los secretos de la física, la celeste los de la artrología y la espiritual los de la teología. Cada una de estas partes era sólo una rama o un miembro, pero estando las tres reunidas formaban el monóculo de la ciencia. Actualmente nadie puede mostrarte una física o astrología real, como tampoco existe una lengua o un libro divinos. La razón es esta, a lo largo del tiempo estas tres ciencias –que no operan ningún milagro sin una unión mutua y esencial– por una mala interpretación fueron desmembradas y separadas, de tal manera que cada una de ellas fue considerada como una facultad en sí misma. Dios ha unido estas tres cosas en un sujeto natural, pero el hombre las ha separado y situado, no en un sujeto, sino en su propio cerebro, en donde permanecen en forma de palabras e imaginaciones y no en forma de elementos sustanciales y verdaderos”.
En la actualidad se identifica la magia con la parte inferior del conjunto, separada de las otras dos, y por lo tanto, se desprecia el fundamento básico. Ahora bien, al estudiar el sentido de las obras de la Antigüedad nos percatamos de que sus creadores buscaban la magia completa, sin desmembrarla en operaciones particulares, sino utilizando todos los medios para llegar a la cúspide de su arte, es decir, el contacto con la divinidad. Según sus creencias, conseguir la comunicación con la Causa primera conllevaba la realización de la obra de arte perfecta, realmente animada en los distintos niveles del ser. Las leyendas sobre estas estatuas vivas son un conjunto de símbolos que nos instruye sobre el fundamento de la obra de arte perfecta.
Creemos que aquellos sabios y artistas que realizaron las estatuas vivas, o bien inventaron sus leyendas, intentaban enseñar “algo distinto” a lo que a primera vista entendemos, algo que apunta a la completitud de la realidad del ser. A los sacerdotes egipcios, a los cabalistas hebreos o a los filósofos griegos no les importaba demasiado tener en su casa un ser vivo creado por ellos mismos, incluso podía serles un motivo de estorbo. Cuando explicaban que era posible el crear estos artificios, inevitablemente despertaban la curiosidad de los hombres que los escuchaban, para así conducirlos a otros centros de interés.
El objetivo de este ensayo no es otro que el de intentar encontrar y desvelar, en la medida de lo posible, cuál era el tema que los sabios antiguos pretendían enseñar. Caeríamos en una trampa si quisiéramos probar la existencia o inexistencia de unos seres artificiales que sin ingeniería tecnológica, sino mágicamente, fueran capaces de moverse y hablar. Lo que los sabios de la Antigüedad estaban seguramente afirmando es que existe un aspecto de la realidad fundamental del ser, que “se parece” a unos autómatas ideados y construidos por la mano del hombre.
En todas las tradiciones encontramos referencias a las estatuas vivas y sería muy interesante poder catalogarlas sistemáticamente, pero nuestra intención es otra. Las estatuas vivas son un ejemplo que nos permite reflexionar sobra la intensa relación entre arte y simbolismo, pues son obras cargadas de significación simbólica. Para esta reflexión hemos escogido algunas tradiciones y dentro de cada una de ellas, algunas muestras, sin pretender agotar el tema. Muchos casos quedarán sin citar. Las culturas primitivas, por ejemplo, deberían haber sido tratadas en profundidad, pues su concepción “animista” de la realidad y sobre todo de la estatua y el tótem tendrían que haber sido tratadas en este ensayo, pero un desarrollo sistemático de dichos aspectos rebasaría con creces los límites de este trabajo.
El origen conocido de las estatuas vivas se remonta a Egipto. Con sus propuestas artísticas, los egipcios de la época de los faraones sientan los fundamentos de lo que será el arte de realizar estatuas vivas. El estudio sobre el arte estatuario egipcio y sus derivaciones constituirá la primera parte de este ensayo. Pero al estudiar el arte mágico egipcio quedaban ciertos cabos sueltos a la hora de comprender con la mayor amplitud el sentido de las estatuas vivas que hemos intentado anudar por medio de dos tradiciones herederas de Egipto, la hebrea y la griega. El fundamento del arte de la creación de las misteriosas estatuas es el mismo, pero cada pueblo le da un matiz revelador propio de su genio. Así, los hebreos nos transmiten planteamientos sobre la confección de estos seres a partir de su religión revelada, mientras que los griegos nos mostrarán un enfoque más filosófico. Estas dos culturas serán motivo de estudio en la segunda y la tercera parte.