El oráculo de Trofonio: entre la consulta y la revelación iniciática

Estudio de Mario Agudo Villanueva sobre Trofonio en el que se explica quién era este misterioso personaje (dios, mito e historia) y los ritos que se practicaban para conocer su oráculo, en los que se relacionan los viejos cultos mistéricos, e incluso chamánicos, con las escuelas filosóficas.

 “Por supuesto que volverá a la superficie; no le preguntéis qué es lo que busca allá abajo; él mismo os lo dirá cuando vuelva a ser hombre ese Trofonio, ese sujeto de aspecto subterráneo” (NIETZSCHE, F. (1886): Aurora, prólogo, 1).

Friedrich Nietzsche se presenta a sí mismo como Trofonio en el prólogo de su Aurora. Se trata de una figura enigmática que el pensador alemán utiliza como recurso metafórico desde el que se parapeta con el fin de socavar la confianza del ser humano en la moral, para lo cual hace hincapié en su carácter subterráneo. Una referencia filosófica que nos permite calibrar el impacto que este personaje legendario, al cual Antonio Salieri consagró una ópera[1], adquirió en buena parte de Occidente tras la Antigüedad, donde su lúgubre antro sirvió de fuente de inspiración artística desde que Aristófanes se refiriese a él como lugar terrorífico: “Pon primero en mis manos una torta de miel, que me da miedo entrar, como si descendiera a la cueva de Trofonio” (Las Nubes, 500).

Grabado de Trofonio en el Tractatus Posthumus. De Divinatione & magicis praestigiis. Johann Theodor de Bry. 1616.

Dos siglos antes de la referencia nietzscheana, nos encontramos a este personaje en un contexto diferente, pero más vinculado con su función oracular primigenia. Se trata del Tractatus Posthumus. De Divinatione & magicis praestigiis[2], escrito por Jean-Jacques Boissarden en 1616. Allí aparece junto a medio centenar de personajes míticos e históricos relacionados con la magia y la adivinación, entre los que también se describe a Apolo Pitio, Hermes Trimegisto, Proteo, Nicóstrata, Tiresias, Anfiarao, Casandra, Laocoonte, las sibilas o el mismo Pitágoras. En el grabado que introduce al personaje, elaborado por Johann Theodor de Bry, se le representa sosteniendo un panal de abejas en su mano izquierda, mientras con la derecha agarra un extremo de su capa, única prenda que viste, junto con las sandalias. Completan la imagen un escenario repleto de vegetación y un ave que porta una rama que parece entregar al propio Trofonio. Aunque estamos ante una imagen tardía, los atributos representados coinciden en gran medida con los asignados por las fuentes antiguas, por lo que un análisis detallado de cada uno de ellos puede iluminar, aunque solo sea difusamente, el oscuro antro de este reconocido oráculo.

Trofonio y sus atributos: entre lo ctónico y lo filosófico

Las abejas y la miel son una constante en los testimonios antiguos sobre el enclave. Un enjambre de las primeras condujo a un tal Saón hasta la grieta donde se encontraba el oráculo, ante la imposibilidad de los beocios de localizar su paradero, tal y como nos relata Pausanias (IX, 40-2). Las abejas están vinculadas también con los poderes ctónicos, no en vano se relacionan con divinidades como Deméter[3], de la que nos dice nuestro geógrafo que fue nodriza de Trofonio (IX, 39-5). Por otro lado, todos los que pretendieran consultar el oráculo debían llevar, según el mismo autor, dos panes de cebada amasados con miel (IX, 39-9). Filóstrato testimonia que las tortas de este suculento manjar servían para aplacar a los reptiles que acometían a los que descendían (Vida de Apolonio, VIII-19), creencia antigua extendida por el Ática y Beocia según la cual, una Gran Serpiente habitaba el subsuelo y debía ser mantenida con ofrendas ubicadas en las puertas de las grutas. Pero tratándose de un oráculo, nos gustaría proponer otra lectura más coherente con su función. Hesíodo nos dice que a los reyes que son vástagos de Zeus, las musas les derraman una gota de miel para que fluyan suaves palabras de su boca, de manera que resuelvan las disputas con sabiduría y rapidez (Teogonía, 81-88). Podríamos estar, por tanto, ante un oráculo especial, al que se acudía no solo para conocer sus vaticinios, sino también para obtener algún tipo de conocimiento, pues las musas saben y cuentan “todo lo que ha sido, todo lo que es y todo lo que será” (Teogonía, 38-39).

EL LUGAR DEL ORÁCULO: Cueva de Trofonio en Lebadea. Edward Daniel Clarke. Travels in various countries of Europe, Asia and Africa. Partthesecond: Greece, Egypt and the Holy Land: Section th ethird. 1816. / Vista general del acceso al oráculo. William Haygarth. 1810. Colecciones de 120 bocetos de paisajes griegos. / Posible acceso al antro de Trofonio en la actualidad, con el río Hercina a sus pies. Foto: http://oneiropeioio.blogspot.com.es.

Volvemos al testimonio de Filóstrato sobre la visita de Apolonio de Tiana al oráculo para encontrar sentido a otro de los elementos de la imagen que nos sirve de guía. Nos cuenta nuestra fuente que el legendario personaje, ante la negativa de los sacerdotes a dejarle pasar por considerarle un brujo: “arrancó cuatro barrotes y se introdujo con el manto del filósofo, por lo que obró de forma grata al dios Trofonio” (Vida de Apolonio, VIII, 19). Después de que el oráculo se apareciera a los sacerdotes para reprenderles su actitud ante el visitante, les encomendó a que fueran a Áulide porque allí le haría emerger de una forma maravillosa. Así fue, Apolonio apareció siete días después con un libro que contenía doctrinas de Pitágoras, que Trofonio le había entregado ante la pregunta sobre cuál era la filosofía más perfecta y pura (Vida de Apolonio, VIII, 20). Tenemos aquí, por tanto, otra relación de sumo interés: el manto del filósofo, un símbolo que podría hacer referencia a una distinción especial, como maestro de algún saber que se transmite dentro de un determinado círculo, un papel que se vería reforzado por las sandalias que porta nuestro personaje.

Nos queda un último elemento, el ave portadora de la rama, que, dado el contexto que nos ocupa, podría tratarse de una manifestación de esa mítica “rama dorada” de la que Virgilio cuenta que la sibila de Cumas recomendó cortar a Eneas para descender al Hades: “Pero si ansia tan grande anida en tu pecho, si tanto deseo de surcar dos veces los lagos estigios, de dos veces ver la negrura del Tártaro y te place emprender una fatiga insana, escucha primero lo que has de hacer. En un árbol espeso se esconde la rama de oro en las hojas y el tallo flexible, según se dice consagrada a Juno infernal; todo el bosque la oculta y la encierran las sombras en valles oscuros. Mas no se permite penetrar en los secretos de la tierra sino a quien ha cortado primero los retoños del árbol de dorados cabellos. La hermosa Proserpina determinó que se le llevara de presente” (Eneida, VI, 133-142).

El origen de Trofonio: ¿dios, mito o historia?

La descripción y el análisis de los atributos de Trofonio nos ha permitido aproximarnos de una manera superficial a su figura, pero para conocer con más profundidad la verdadera naturaleza de este oráculo, es necesario que consultemos lo que las fuentes nos dicen sobre su origen. Pausanias nos cuenta que era semejante a los dioses (IX, 11-2), constructor de palacios para el hombre, como la casa de Anfitrión, o de santuarios para la divinidad, como el templo de Apolo en Delfos (IX, 37, 5-6). Esta versión es ratificada por el Himno homérico a Apolo, que da cuenta de que Trofonio y Agamedes, caros a los dioses inmortales, pusieron un umbral de piedra sobre los cimientos levantados por Febo Apolo en el gran santuario panhelénico (295). Pero no es la única obra arquitectónica que se le atribuye, diferentes testimonios lo vinculan con el tesoro de Augías, en Élide; el de Hirieo, en Hiria o el de Poseidón, en Mantinea[4].

Sobre su muerte hay diferentes versiones. Algunas fuentes, como Pausanias, apuntan a que trató de urdir una treta para quedarse con el tesoro de Hirieo junto a su hermano. Cuando este fue descubierto, Trofonio le cortó la cabeza para que no le delatase y, en su huida, fue tragado por la tierra en el bosque sagrado de Lebadea (IX, 37, 6-7). Otras, como Plutarco, aseguran que al pedirle a Apolo una recompensa por haber construido su templo, el dios les premió con el mejor fin al que puede aspirar un hombre, morir sin sufrimiento (Moralia, 109a).

Sea como fuere, disponemos de un dato muy revelador en relación con la institución del oráculo en Lebadea. Nos cuenta Pausanias que los habitantes de Beocia, ante la ausencia de lluvias, acudieron a la Pitia, quien les remitió a Trofonio para que hiciera llover (IX, 40-1). Esta figura del artesano que puede controlar los fenómenos meteorológicos no es nueva. Nos recuerda a otros personajes de la mitología griega como los Telquinos, Kabiros, Curetes o Dáctilos, quienes constituían cofradías secretas en relación con misterios e iniciaciones de hermandades de trabajadores de los metales que tenían contacto con disciplinas tan variadas como la magia o la danza[5]. Según Diodoro, los Telquinos, por ejemplo, podían producir tormentas, granizo y nieve (V, 55-3).

Conviene detenerse en este punto, puesto que resulta de gran interés para acercarnos a una posible interpretación del sentido del oráculo de Trofonio. El hombre de las sociedades arcaicas podía insertarse en lo sagrado mediante su propio trabajo, que adquiría un valor litúrgico[6]. Vernant ha llamado la atención sobre cómo, en Homero, el término tecné se aplica al saber hacer de los demiurgoi, como metalúrgicos o carpinteros, pero también a las capacidades mágicas de Hefaistos o los sortilegios de Proteo. No hay una separación entre logro técnico y éxito mágico. Los secretos del oficio se incluyen en la misma esfera que el arte del adivino o las argucias del hechicero, ya que todos están en el marco de la praxis. Los artesanos intervienen de manera decisiva en la ordenación del mundo. En tiempos míticos son seres que viven al margen, recorriendo montes y bosques[7].

Este perfil encaja a la perfección con la trayectoria de Trofonio, un constructor errante que tiene la capacidad de controlar la naturaleza y que, una vez muerto, preside un oráculo desde el que transmite su saber. Pero esta capacidad de controlar los fenómenos atmosféricos no es exclusividad de los artesanos, es pertinente recuperar un pasaje muy revelador, el fragmento III de la colección Diels, que dice así: “De cuantos remedios hay para los males y resguardo para la vejez te informarás, porque para ti solo realizaré yo todo esto. Apaciguarás la furia de los infatigables vientos que sobre la tierra se agitan y destruyen con sus soplos los campos cultivados. Y aun, si quieres, dirigirás sus soplos en sentido favorable; y colocarás después de la lluvia sombría una sequía oportuna para los hombres, y después de la sequía estival dispondrás las corrientes que nutren a los árboles y que irrigan el éter, y retornarás del Hades el vigor de un hombre muerto”.

Significativas palabras que sitúan a Empédocles, en opinión de Peter Kingsley, como un mago depositario de un saber no solamente orientado a conocer los poderes de la naturaleza, sino también a controlarlos. Se trata, en efecto, de un conocimiento de la cosmología y de la naturaleza de aplicaciones prácticas[8]. Un saber inserto en una tradición ancestral, heredera de tiempos míticos, que algunos grupos, como los pitagóricos, trataron de mantener como partes y portavoces de ese conocimiento. Es hora de abordar el ritual que seguían los consultantes del oráculo para tratar de comprender su sentido más profundo.

El ritual: entre los sueños y la revelación

Según ha identificado David Hernández de la Fuente, el esquema de la consulta al oráculo de Trofonio se corresponde con los ritos de paso de diversas culturas. Tiene tres fases: segregación del grupo y del mundo, que se obtiene mediante el aislamiento y la purificación; fase de liminalidad o descenso al infierno, katábasis, al estilo de los héroes que descienden al Hades para conocer el futuro y recuerdo de la experiencia como sueño revelador[9]. El modo en el que se desarrolla cada una de estas fases de acuerdo con el testimonio de las fuentes arroja más luz sobre esta cuestión.

Pausanias relata que el consultante era aislado en el edificio del Buen Demon y la Buena Tique, donde se realizaban las purificaciones. Durante su estancia, tomaba baños de agua fría en el río Hercina, que separaba la antigua Lebadea del bosque sagrado donde se encontraba el antro de Trofonio, y realizaba sacrificios tanto en honor al oráculo como a otras divinidades. La noche del descenso se sacrificaba un carnero en presencia de un adivino, quien al examen de las entrañas de la víctima determinaría si era un momento propicio para el descenso. Si así era, el individuo era lavado de nuevo en el río por unos muchachos llamados Hermas, ungido en aceite y conducido por los sacerdotes hasta las fuentes de Leteo (olvido) y Mnemósine (memoria). Acto seguido se le presenta ante la estatua de Trofonio, atribuida al mítico Dédalo, y es conducido a la cueva vestido con una túnica de lino, atado con cintas y calzado con zapatos del país (IX, 39, 5-14).

La descripción del oráculo que realiza Filóstrato es muy semejante a la de Pausanias, aunque sitúa la entrada a la cueva más allá del bosque (Vida de Apolonio, VIII, 19). Sea como fuere, lo que nos interesa es el rito en sí, muy parecido en ambos casos. Otro de los descensos cuyo testimonio conservamos es narrado por Plutarco, en Sobre el genio de Sócrates, donde describe cómo Timarco acude al oráculo para conocer el poder del daimon del filósofo ateniense (590a). Cuenta el relato que Timarco bajó a la cueva tras realizar los ritos pertinentes y oró. Estaba aturdido, se había herido la cabeza de un golpe producido en el descenso y por las suturas abiertas se le salía el alma, “que se mezcló gozosa con el aire radiante y puro” (590c). Una vez que su alma estaba fuera de su cuerpo, fue reclamada su atención por un susurro. Al mirar al cielo vio unas islas iluminadas por un suave fuego que se movían en círculo, mientras el éter susurraba una música. Entre las islas corría un mar (590d) y ríos de fuego penetraban por dos bocas. Hacia abajo, una gran sima redonda era el origen de terribles aullidos, gemidos y lamentos (590e).

Grupo de pitagóricos celebrando la salida del sol. Himno al sol naciente. Fyodor Bronnikov (1827-1902).

Estamos ante descripciones sumamente interesantes, de clara reminiscencia pitagórica, cuya lectura detallada puede proporcionarnos algunas claves para interpretar el sentido de este oráculo. El ritual preliminar, con la reclusión en el edificio del Buen Demon, los baños purificadores en el río Hercina y los sacrificios forman parte de una muerte ritual que se culmina con la ingesta de las aguas de la fuente de Leteo. Cabe recordar que en el mundo griego, la muerte es el dominio del olvido[10], por lo que el consultante, al borrar su memoria del pasado, está en disposición de iniciarse en una nueva existencia[11]. Acto seguido, al beber de la fuente de Mnemósine, la memoria, el sujeto estará en disposición de recordar lo que el oráculo le ha transmitido.

No es este un procedimiento de consulta habitual, pues los oráculos no solían exigir que el consultante se olvidase de toda su existencia anterior. Pero no es el único rasgo excepcional, hay otro muy revelador. Mientras en Delfos o en Dodona, la pitia o los sacerdotes del roble sagrado hacían de intérpretes del mensaje divino, aquí es el propio consultante el que recibe la revelación, pero no lo hace en un estado de consciencia, sino en sueños o aturdido. La mayoría de testimonios que conservamos nos dicen que el visitante del antro vivía una experiencia aterradora, hasta el punto de que tardaban un tiempo en recuperar la risa[12]. El relato de Plutarco sobre la visita de Timarco nos proporciona otro dato fundamental: por las suturas abiertas en la cabeza del consultante salía su alma y se mezclaba con el aire para recibir el mensaje de Trofonio.

Este trance en el que el alma se separa del cuerpo para viajar a otro mundo, como el relatado por Plutarco, recuerda a las experiencias chamánicas. El chamán logra comunicarse con el mundo de los muertos sin convertirse en un instrumento, pero para ello debe iniciar una nueva vida con una separación del mundo y tras haber recibido una doble instrucción: de orden extático –sueños, trances- y de orden tradicional –técnicas, funciones, genealogía-[13]. Si bien el chamanismo es un fenómeno siberiano y central-asiático en stricto sensu, no es ajeno en absoluto el mundo griego. Dodds estudió la transferencia de este tipo de experiencias por el contacto que los escitas y los tracios tuvieron con el universo heleno. Estos pueblos sí habían tenido relaciones con el chamanismo, no en vano, algunos personajes míticos griegos como Abaris, Aristeas, Epiménides u Orfeo, de origen septentrional, ponen de manifiesto la presencia de estados de disociación mental semejantes. Más allá de referencias míticas, señala Dodds que ciertos personajes históricos, como Empédocles o Pitágoras, combinaban funciones de mago y naturalista, poeta y filósofo, predicador, curandero y consejero público. Esta acumulación de saberes supranormales les confería una gran relevancia social[14].

No parece casualidad, por tanto, que en el relato de Filóstrato, Trofonio manifestase simpatía por la filosofía pitagórica, y que las características descritas por las fuentes coincidieran, de forma extensa, con el fragmento III de la colección Diels sobre los poderes de Empédocles, al que aludíamos líneas arriba. El propio Pausanias nos dice que en el templo de Hercina, en Lebadea, había una estatua con una serpiente enroscada en un bastón y que podría estar consagrada al propio Trofonio, pues se identifica con Asclepio (IX, 39-3), lo que añade más semejanzas a ambas figuras.

Misterios, orfismo y pitagóricos

Vernant aseguró que el oráculo de Trofonio estaba a mitad de camino entre la consulta y la revelación[15]. La muerte ritual sirve, como decíamos, para iniciar una nueva vida, pero para un griego, morir y volver a nacer significaba hacerlo en la inmortalidad o divinidad[16]. En este sentido, un espacio como este antro, que permite acceder a la vez a las profundidades del cosmos y a las alturas del cielo, a través del que se ha llegado mediante un descenso iniciático, es el escenario ideal para recibir la enseñanza que permita convertir la muerte en una experiencia apoteósica[17].

Mnemósine dispensa a sus elegidos con una sabiduría primigenia, no es una memoria genérica, es una omnisciencia de tipo adivinatorio que tiene que ver con esa habilidad de las musas para revelar lo que ha sido, lo que es y lo que será. Solo personajes dotados de tal sabiduría, como Tiresias o Anfiarao, son capaces de mantener la lucidez en el mundo de las sombras del Hades, solo ellos, como Trofonio, disponen de una memoria que les sirve de puente entre el mundo de los vivos y el Más Allá. Por eso en este oráculo la consulta no se presenta como una adivinación, sino como revelación del destino de las almas después de la muerte[18].

Orfeo y Eurídice. Edward John Poynter (1839-1919).

Este anhelo del hombre por la inmortalidad tiene como uno de sus modelos primigenios a Orfeo, capaz de dominar a las fuerzas del Hades con su música. Su experiencia se convirtió en símbolo de esta búsqueda para los que profesaban el mensaje de la salvación del alma a través de una sabiduría teológica y de una praxis espiritual de purificación que se plasma en los misterios órficos, donde solo podían participar iniciados[19]. Van surgiendo así textos sagrados, himnos y poemas cuyo contenido nos recuerda, en gran medida, a la experiencia iniciática de los consultantes de Trofonio.

Observamos, sin embargo, un matiz destacable. Hemos pasado del plano de la cosmología, del principio de las cosas, al plano de la escatología, ligado a la historia individual. Un proceso que, en palabras de Vernant, altera el equilibrio existente entre olvido y memoria en el mito tradicional[20]. El Hades, región desolada, morada helada, reino de las sombras y el olvido pasa a ser ahora la existencia corporal, que es la prisión del alma. Dado que la materia es corruptible, solo el alma puede aspirar a vivir eternamente, pero para alcanzar su plenitud debe purificarse. La memoria proporciona una transmutación de la existencia temporal, es el instrumento mediante el cual el alma trata de salir para siempre del tiempo. A través de la anamnesis se trata de reintegrar el tiempo humano en la periodicidad cósmica y en el seno de la eternidad divina[21].

Esta concepción del alma, presente en el orfismo, en las doctrinas pitagóricas y en la filosofía de Platón[22] es la que observamos en este fragmento de las reflexiones de Timarco en el antro de Trofonio que nos relata Plutarco: “El alma está sumergida en el cuerpo. Lo que queda libre de la corrupción la gente lo llama entendimiento” (“Sobre el genio de Sócrates”, 592a). Implica la existencia de un alma o yo separable, anterior al cuerpo, que le sobrevivirá. Reconocer a través de la multiplicidad de las encarnaciones del alma la unidad y continuidad de una historia individual, una psique cuyas circunstancias constituyen para cada hombre su propio destino individual, se presenta bajo la forma de un daimon, un ser sobrenatural que lleva en nosotros una existencia independiente. La reminiscencia de las encarnaciones que ha conocido en otro tiempo el daimon de nuestra alma tiende un puente entre el yo y el universo, en último término, da sentido a nuestra existencia pasada, presente y futura[23].

No estamos ante una evolución del tipo de consulta que se podía realizar en el oráculo de Trofonio, sino ante un mismo acontecimiento interpretado por diferentes sensibilidades. En este lugar, como señala acertadamente David Hernández de la Fuente, se ponen en relación los viejos cultos mistéricos griegos con las escuelas filosóficas[24]. La revelación de Lebadea parece situarse entre la doctrina órfica y la teoría socrática del alma, sobre una base enraizada en los albores del mundo griego.

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NOTAS

[1] La grotta di Trofonio, compuesta por Antonio Salieri sobre un libreto de Giovanni BattistaCasti. Su primera representación tuvo lugar en Viena (Austria), en el Burgtheater, el 12 de octubre de 1785.

[2] Biblioteca Nacional de España, Madrid. ER/3964. [28], 358 [i.e. 348], [12] p., [1] h. de grab.

[3] GIMBUTAS, M. (1974:2007): “Diosas y dioses de la Vieja Europa (7000-3500 a.C.)”, Siruela, Madrid, pp. 226-235.

[4] GRIMAL, P. (1965:2010): “Diccionario de mitología griega y romana”, Paidós, Barcelona, p. 525; HARD, R. (2008): “El gran libro de la mitología griega”, La Esfera de los Libros, Barcelona, p. 717.

[5] ELIADE, M. (1956:1983): “Herreros y alquimistas”, Alianza Editorial, Madrid, p. 47-48.

[6] Íbidem

[7] VERNANT, J.P. (1965:2013): “Mito y pensamiento en la Grecia Antigua”, Ariel, Barcelona, p 280-281.

[8] KINGSLEY, P. (2008): “Filosofía antigua, misterios y magia”, Atalanta, Girona, pp. 292-301.

[9] HERNÁNDEZ DE LA FUENTE, D. (2008): “Oráculos griegos”, Alianza Editorial, Madrid, p. 233.

[10] En Aristófanes: “Caronte: ¿Quién ha puesto fin a sus males y negocios? ¿Quién llega a la llanura del Leteo, a Peinaburros, a los Cerberios, a los cuervos, junto al cabo Ténaro?” (Las Ranas, 186).

[11] “Se muere para volver a nacer; se desciende a las profundidades para ascender”, en KINGSLEY, P. (2008): “Filosofía antigua, misterios y magia”, Atalanta, Girona, p. 335

[12] Por ejemplo en Pausanias (IX, 39-4).

[13] ELIADE, M. (1951:2009): “El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis”, Fondo de Cultura Económica, México, p. 22-29.

[14] DODDS, E.R. (1960:1997): “Los griegos y lo irracional”, Alianza Universidad, Madrid, pp. 138-143.

[15] VERNANT, J.P. (1965:2013): “Mito y pensamiento en la Grecia Antigua”, Ariel, Barcelona, p. 97.

[16] KINGSLEY, P. (2008): “Filosofía antigua, misterios y magia”, Atalanta, Girona, pp. 335.

[17] Íbidem.

[18] VERNANT, J.P. (1965:2013): “Mito y pensamiento en la Grecia Antigua”, Ariel, Barcelona, pp. 96-99.

[19] GARCÍA GUAL, C. y HERNÁNDEZ DE LA FUENTE, D. (2015): “El mito de Orfeo. Estudios y tradición poética”, Fondo de Cultura Económica de España, Madrid, pp. 40-43.

[20] VERNANT, J.P. (1965:2013): “Mito y pensamiento en la Grecia Antigua”, Ariel, Barcelona, p. 99.

[21] Íbidem. Pp. 106-112.

[22] DODDS, E.R. (1960:1997): “Los griegos y lo irracional”, Alianza Universidad, Madrid, pp. 146-150.

[23] VERNANT, J.P. (1965:2013): “Mito y pensamiento en la Grecia Antigua”, Ariel, Barcelona, p. 111-114.

[24] HERNÁNDEZ DE LA FUENTE, D. (2008): “Oráculos griegos”, Alianza Editorial, Madrid, p. 234.

 

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