“Quien ha reconocido la unidad…”

Reflexión de Raimon Arola sobre el versículo 9 del libro 23 de ‘El Mensaje Reencontrado’ de Louis Cattiaux.

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Quien ha reconocido la unidad de la vida no se avergüenza de socorrer un gusano, pues sabe sin ninguna duda que se ayuda a sí mismo socorriendo a cualquier ser vivo.

Abre la mano, abre el espíritu, abre el corazón y la vida te bañará por todas partes. Cierra la mano, cierra el espíritu, cierra el corazón, y  la muerte te estrechará por todos los lado.[1]

Reconocer la unidad de la vida es saber que no hay diferencia entre yo y el mundo, es el modo de crear un diálogo a partir del cual se manifiesta aquello-que-es-Dios. Entonces desaparece el pensamiento racionalista y las partes se unen por medio del amor.

Dialogar con un gusano o con una hormiga es amar, no pensar: Cuando temamos por nuestras vidas –afirma el Mensaje en otro lugar– como tememos por la de una hormiga, estaremos a punto de ser instruidos;[2] es decir, entonces sabremos que el universo responde a un saber mágico, que no separa sino que estrecha vínculos en la unidad de la consciencia. Ahí, lo despreciado es tan importante como lo preciado, ya que al fin y al cabo valor y no valor son el fruto de unas convenciones sociales. Lo que vale para la vida es abrir los tres fundamentos que componen el ser humano: Abre la mano, abre el espíritu, abre el corazón, y la vida te bañará por todas partes.

Al abrirnos sabemos que la vida, la nuestra y la del gusano, son inseparables de la consciencia de Dios tal como reza este versículo del Mensaje: La libertad y la potencia primeras son como la salida de la conciencia individual y como la inmersión en la conciencia divina, donde Dios actúa y reposa eternamente.[3] Reconocer la unidad de la vida es penetrar en la consciencia divina, sin olvidar que en el final del versículo se dice que Dios actúa y reposa eternamente. Al penetrar en la conciencia divina el actuar y el reposar de Dios es también el del hombre; por eso se afirma en otro versículo: No os decimos que no roguéis, que no alabéis, que no reposéis y que no actuéis. Os decimos que os borréis cada vez más y que dejéis a Dios que ruegue, alabe, repose y actúe en vosotros, para que flotéis en su alegría constructiva en vez de zozobrar en vuestra tristeza impotente.[4]

Para ahondar en la alianza entre el saber de Dios y el saber del hombre, que es a lo único que se puede llamar conciencia, hay que volver al versículo que abre esta reflexión y que reza así: Quien ha reconocido la unidad de la vida no se avergüenza de socorrer un gusano (en francés: ver de terre), pues tal como apuntaba Emmanuel d’Hooghvorst, a partir de este pequeño animal es posible acercarse al significado que se daba entre los antiguos a la metamorfosis o la transformación. El punto de partida es el siguiente versículo del Mensaje: ¿Quién podría creer, sin haberlo visto, que un gusano despreciable y oscuro se transforma en una mariposa resplandeciente de luz?[5]

Estos  versículo tienen muchas lecturas tradicionales, una de las más relevantes según el mismo D’Hooghvorst, se refiere la profecía mesiánica que se encuentra en el versículo 7 del Salmo 122 cuando David canta: Mas yo soy gusano, y no hombre; oprobio de los hombres, y despreciado del pueblo, y que se enmarca dentro de las profecías que hablan del dolor y el menosprecio a Cristo, sobre todo cuando está en la cruz.[6] Sin embargo, como narra el Evangelio según san Mateo, aquel que es objeto de burla por los que pasaban [que] le injuriaban, meneando sus cabezas,[7] se transformará en el Glorioso.

Transformación o metamorfosis es, seguramente, la expresión más adecuada para referirse a la gran obra alquímica en tanto que ésta transforma los metales viles en oro puro y resplandeciente. Este proceso D’Hooghvorst lo explicó, por ejemplo, en su comentario a la sexta Bucólica de Virgilio. El artículo empieza con la descripción del escenario, cuando dos jóvenes sátiros, Cromis y Mansilo, descubren a Sileno ebrio y dormido en un antro silvestre. Se esmeran en atarlo con guirnaldas y Egle, la más hermosa de las náyades les proporciona su ayuda. Seguidamente, Sileno despierta y les pide a los dos jóvenes  que le libren de sus ataduras; como rescate Sileno les ofrecerá un canto. Dicho canto es –escribe D’Hooghvorst–, en realidad, la revelación de la gran obra  o Metamorfosis, tal como se llamaba entonces.[8]

La escena de la bucólica virgiliana transcurre en un antro que según el autor del comentario es la caverna de los tesoros, la mina donde se encuentra aquella famosa materia mineral, aquí, Sileno. Sileno, como el gusano, es feo y deforme, no posee ningún atractivo aparente, al igual que la materia mineral. A Sileno se le representa con la frente calva, la nariz plana y chata como Sócrates y, además, gordo y redondo como un tonel, pues Sileno, en realidad –D’Hooghvorst cita aquí a Michael Maier–, no es más que la primera materia, en su estado vil y silvestre, es decir, grosero. Si esta materia fuese tratada con dulzura y humanidad, Baco, el omnipotente dios del oro, surgiría pronto para pagar este favor con un favor múltiple.[9]

La vida que nos bañará por todas partes  primero está encerrada, prisionera en algo que aparece bajo un aspecto insignificante y despreciable. Cuando el Mensaje propone abrir la mano, el espíritu, y el corazón,  anima a buscar sin prejuicios en lo insignificante, lo despreciable, en el caos de este mundo caído para recoger allí la semilla de la nueva vida y regarla hasta que surja el fruto luminoso del mundo por venir. Este proceso de metamorfosis está ejemplarizado por el gusano o por la oruga que se vuelve mariposa; recordemos que en griego, psique, significa tanto alma como mariposa.

Si alguien busca lo luminoso y desprecia a un gusano es que la ignorancia le ciega y sólo se rige por la razón razonadora que inevitablemente le hace cerrar la mano, el espíritu, y el corazón. Entonces la muerte se apodera de este hombre  en cuerpo, espíritu y alma, y la consciencia divina se desvanece sin ni siquiera haber llegado a existir.

No se puede separar la vida de la búsqueda de Dios, y esta búsqueda es para alcanzar la conciencia  en alianza con ÉL; así lo explica otro versículo del Mensaje: Salir de Dios es caer en el número de la muerte. Entrar de nuevo en Dios es renacer a la unidad de la vida.[10] Esta definición valdría también para la obra alquímica: el renacer a la unidad de la vida de aquello cubierto por la muerte. La imagen de un gusano o una lombriz es exacta.

En uno de los Aforismos del nuevo mundo, Emmanuel d’Hooghvorst resumió su artículo sobre la égloga de Virgilio que acabamos de citar del siguiente modo: Donde el amor tomó palabra, canta la edad de oro. ¡Qué viña, este Marte cocido donde se emborrachó Sileno! ¡Oro del todo puro![11]

Cuando aparece el amor (que es cuando se abren la mano, el espíritu, y el corazón) es el presagio de la edad de oro, pues la vida se ha separado de la muerte que hasta entonces la cubría. Ello ocurre en la primavera de los filósofos alquímicos, cuando Marte, que rige al signo de Aries, se cuece; es decir, cuando la fuerza de la vida nueva de la primavera, como si fuera un potente licor hace hablar al oscuro Sileno. O dicho en otras palabras, cuando el insignificante gusano de tierra se vuelve mariposa. Entonces aparece la unidad de la vida que D’Hooghvorst denomina: ¡Oro del todo puro!

 

Cuando comentemos una Escritura santa, un rito o un símbolo, añadamos para los oyentes y para nosotros mismos: “He aquí una de las numerosas interpretaciones de la verdad Una. Dios es el único dueño de la vestidura y de la desnudez” (El Mensaje Reencontrado 15, 4).

 

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NOTAS

[1] Celui qui a reconnu l’unité de la vie n’éprouve pas de honte à secourir un ver de terre, car il sait à n’en plus douter qu’il s’aide lui-même en secourant quiconque vit.

Ouvre la main, ouvre l’esprit, ouvre le cœur et la vie te baignera de toutes parts. Ferme la main, ferme l’esprit, ferme le cœur et la mort t’enserrera de tous côtés.

[2] El Mensaje Reencontrado, § 12, 70.

[3] El Mensaje Reencontrado, § 18, 58.

[4] El Mensaje Reencontrado, § 22, 68.

[5] El Mensaje Reencontrado, § 15, 40.

[6] Jean Brierre-Narbonne, Les prophéties messianiques de l’Ancien Testament, Paris, Geuthner 1933; p. 18.

[7] Mateo 27, 39.

[8] El Hilo de Penélope I, Arola, Tarragona 2000, p. 107.

[9] Idem, p. 108

[10] El Mensaje Reencontrado, § 5, 84.

[11] El Hilo… cit., p. 346.