Presentación de las reflexiones acerca de ‘El Mensaje Reencontrado’

Vídeo introductorio de Raimon Arola y vídeos de presentación de las distintas reflexiones. Primera presentación de “El Mensaje Reencontrado” de Emmanuel d’Hooghvorst, 1951.

Quien conozca un libro semejante a éste, que lo publique ante Dios y ante los hombres, si puede. Si no, que publique lo que ha oído y lo que ha visto en su corazón después de haberlo leído. (El Mensaje Reencontado 24, 28)

ENTRADAS

.“El fanatismo ciego es ante Dios…”

 

“Quien ha reconocido la unidad…”

 

 “La sabiduría última…”

 “Dios medita su vía…”

(Los versículos siguen un orden aleatorio pues la selección se ha ido construyendo al leer el libro al azar).

 

Cuando comentemos una Escritura santa, un rito o un símbolo, añadamos para los oyentes y para nosotros mismos: “He aquí una de las numerosas interpretaciones de la verdad Una. Dios es el único dueño de la vestidura y de la desnudez” (El Mensaje Reencontrado 15, 4).

Emmanuel d’Hooghvorst
El Mensaje Reencontrado

La génesis de este libro hermético es curiosa. El autor tenía un amigo. Quería iniciarlo en los arcanos del arte de Hermes y con esta intención empezó a redactar un pequeño cuaderno con sentencias herméticas que no estaban destinadas a ser publicadas.

Con el tiempo, la inspiración se hizo más y más abundante hasta llegar a ser materia para un libro editado en 1946, por cuenta del autor. Efectivamente, creyó que quizá, en alguna parte, se hallasen otros hombres en busca del tesoro perdido y que este libro podría ayudarles. Pero los editores y los críticos no opinaron lo mismo. Ningún editor quiso encargarse de esta publicación, ni la crítica le otorgó la más mínima atención. Pero eso no desanimó al autor y la inspiración continuó; de tal modo que la obra, actualmente terminada, consta de veinticinco libros, mientras que la primera edición sólo comprendía doce. Como no nos es posible publicar todo el libro en el marco de una revista, nos contentaremos con ofrecer una antología.

Nos hemos visto obligados a escoger entre las sentencias; la tarea ha sido ardua; ¿cuál sería la razón para escoger una en vez de la otra? Al tiempo que nos esforzábamos en dar una idea general de esta obra, en la que se unen y se entremezclan soplo místico e inspiración hermética, hemos querido escoger sobre todo las sentencias que subrayan la oposición fundamental entre ciencia profana y ciencia hermética.

Las sentencias están dispuestas en dos columnas que se corresponden. Son las dos columnas del templo, el fuego y el agua, Apolo y Artemisa, el sol y la luna herméticos. Las sentencias a veces se corresponden verticalmente, otras horizontalmente, otras en forma de aspa.

El lector apresurado no se entretendrá. La expresión a menudo es enigmática. Este libro exige al lector un esfuerzo poco común; no se dirige a todo el mundo sino únicamente a quienes saben leer. No busca agradar sino inducir. Es un pequeño saco lleno de pensamientos secretos y condensados como semillas. He aquí el propósito del Mensaje, es muy simple: «El dogma del progreso es un dogma impío y la ciencia profana, una vana ilusión; sólo existen la caída del hombre en las tinieblas de la muerte y su reintegración en el esplendor primero por medio del Arte». Todo lo demás es vanidad

El autor nos habla de la Gran Obra. Nos dice cómo el agua sale de la tierra por medio del fuego y cómo el fuego vuelve a la tierra por medio del agua; cómo el sol, la luna y las estrellas trabajan concertados con el sabio artista; cómo germina el sol terrestre, el oro de los sabios, en su ganga tenebrosa; cómo el fuego madura todas las cosas, hasta la perfección áurea del fruto perfectísimo. Según escribió Lanza del Vasto en el hermoso prefacio a este libro, un perfume de verdad que seduce a quienes lo buscan con un corazón amante, se desprende del Mensaje Reencontrado. Los hombres no son muy aficionados a los misterios de la vida. Es curioso, pero no creen en ellos. Cuando Pablo fue a Atenas para recordar a sus habitantes el sentido profundo de sus propias tradiciones, éstos no lo recibieron. «Cuando oyeron hablar de la resurrección de los muertos, unos se burlaron y otros dijeron: Sobre esto ya te oiremos otra vez».

¿Acaso una rama de la antigua ciencia de Hermes está a punto de volver a florecer, solitaria, en una pequeña tienda de la rive gauche de París? Esta gaya ciencia que nos llega como una luz desde el fondo de las edades nunca envejece. Se nos aparece, siempre joven, resplandeciente, idéntica  a sí misma cada vez que un hijo de Hermes la vuelve a poner en evidencia. Su objeto es único. En su tiempo, el faraón Akenaton ya lo había grabado en una estela de mármol, y nos ha llegado a través de más de tres milenios, atravesando los años como una piedra en las olas: «¡Oh padre, estás en mi corazón y nadie puede conocerte si no soy yo, tu hijo!»

INFORMACIÓN LIBRO