“El fanatismo ciego es…”

Reflexión de Raimon Arola sobre el versículo 57 del libro 34 de ‘El Mensaje Reencontrado’ de Louis Cattiaux.

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El fanatismo es, ha sido y, desgraciadamente, será una degeneración terrible de la vida del espíritu, puesto que es una desmesura que tan sólo se explica por la ignorancia absoluta de los fundamentos que trata de defender. Cattiaux en El Mensaje Reencontrado se refiere a él en estos términos: El fanatismo ciego es ante Dios como la incredulidad y como la impiedad, pues impide conocer el manantial de la gracia y descubrir el océano del amor. Y en el versículo prima, continúa: Cuando conozcamos el origen y la base de la vida divina, estaremos agradecidos y seremos humildes para siempre en el Señor. Cattiaux aquí se refiere a lo contrario, al conocimiento, a la no-ignorancia del origen y la base de la vida espiritual y divina.

En Roma, los ‘fanáticos’ eran aquellos que se entregaban en cuerpo y alma a la vida religiosa, es decir, al fanum, al templo, y en este sentido nos parece muy interesante la leyenda masónica que identifica al ‘fanático’ con uno de los malvados compañeros que mataron a Hiram, el mítico maestro de los constructores del Templo, pues ilustra a la perfección  la perversión espiritual.

La leyenda cuenta que el rey Salomón confió la construcción del Templo de Jerusalén al arquitecto fenicio Hiram. Éste estableció una jerarquía entre los constructores que tenía a sus órdenes, dividiéndolos en aprendices, compañeros y maestros, que son los tres grados que todavía subsisten en la actualidad en la masonería simbólica. Una palabra secreta permitía a los maestros reconocerse entre sí y distinguirse de los demás. Sin embargo, tres compañeros, que encarnan a la ignorancia, el fanatismo y la ambición –unos defectos opuestos frontalmente a las virtudes propias de la sabiduría, es decir, la instrucción, la tolerancia y el perfeccionamiento moral– tendieron una emboscada al maestro Hiram para que les revelara por la fuerza la palabra secreta y así poder ser contados entre los maestros sin merecerlo. Finalmente, y ante la negativa de Hiram de revelarles el secreto, lo asesinaron. El primero le golpeó con su regla, el segundo con su escuadra y el tercero lo derribó de un mazazo en la frente.

Los masones fieles, después de buscarlo durante mucho tiempo, descubrieron el cadáver del maestro gracias a una rama de acacia que había brotado en el lugar donde estaba enterrado. La leyenda termina con la resurrección del cadáver de Hiram, gracias a la celebración de un ritual secreto (Véase la escena masónica que incluyen Johann Georg Heck y Spencer Fullerton Baird en Iconographic encyclopaedia of science, literature, and art, 1851).1111
Como vemos, el fanatismo va ligado a la ignorancia (del mundo-por-venir) y a la ambición (de este-mundo); es decir, aquello que cierra los ojos y el corazón a todo lo que pertenece a la vida divina, como indica la segunda parte del versículo. El fanatismo ciego es el asesino del manantial de la gracia y del océano del amor, pues impide la búsqueda del origen de lo-que-es-divino-fuera-del-hombre para que pueda aparecer lo-que-es-divino-en-el-hombre. Es imposible que el hombre pueda acercarse a Dios si no es a partir de una apertura de sus sentidos puros, algo que es del todo contrario a la ceguera de quien cree poseer la verdad solo por seguir exteriormente una religión o una revelación: por eso el Mensaje se refiere al fanatismo ciego. La verdad sólo aparece desnuda ante quien ha buscado a tientas, ha dudado y ha amado.

El fanático es, también, un ambicioso y un ignorante que en el fondo busca el “yo” y no lo busca a “ÉL” y quien se acerca a ÉL se vuelve humilde y agradecido, éste último nada tiene que imponer a nadie salvo a sí-mismo, pues en el sí-mismo está la vida divina. La leyenda de la muerte de Hiram es asombrosa ya que muestra cómo los malos compañeros son aquellos que quieren violentar la verdad que se esconde en el interior del corazón, quieren que surja por la fuerza, sin respetar los tiempos. En la vida espiritual no se puede forzar nada. Así podemos leer en otro versículo del Mensaje: No fuerces a la Deseada, amigo mío, pues si ha de venir hacia ti, ya se manifestará por sí misma. El Señor sabe lo que hace y tú aún lo ignoras.[1]

No hay nada, ni puede haberlo, obligado o impuesto en la vía del encuentro entre Dios y el hombre, en caso contrario Dios sería solo una imagen creada por el hombre, es decir, se trataría de un tipo de idolatría ya fuera de la razón o de los sentimientos.  Creemos que esta es la idea  que Maestro Eckhart expuso en unos de sus famosos sermones:

Por eso decimos que el hombre debería permanecer tan pobre que ni el mismo fuera un lugar, ni lo tuviera, en donde Dios pudiera actuar. En la medida que el hombre conserva un lugar en sí mismo, entonces conserva [todavía] diferencia. Por eso ruego a Dios que me vacíe de Dios,[2] pues mi ser esencial está por encima de Dios, en la medida en que comprendemos a Dios como origen de las criaturas. En aquel ser de Dios en donde Dios está por encima del ser y de toda diferencia, allí era yo mismo, allí me quise a mí mismo y me conocí a mi mismo en la voluntad de crear a este hombre [que soy yo]. Por eso soy la causa de mi mismo según mí ser, que es eterno, no según mi devenir, que es temporal. Y por eso soy no nacido y en el modo de mi no haber nacido no puedo morir jamás. Según el modo de mi no haber nacido he sido eterno y lo soy ahora y lo seré siempre. Lo que soy según mi nacimiento debe morir y aniquilarse, pues es mortal; por eso debe desaparecer con el tiempo. En mi nacimiento [eterno] nacieron todas las cosas y yo fui causa de mi mismo y de todas las cosas, y si [yo] hubiera querido no habría sido ni yo ni todas las cosas; pero si yo no hubiera sido, tampoco habría sido Dios: que Dios sea Dios, de eso soy yo una causa; si yo no fuera, Dios no sería Dios. Esto no es preciso saberlo”.[3]

Dios y el hombre (regenerado) comparten identidad: “si yo no fuera, Dios no sería Dios”. Este es un modo extraordinario de referirse a la vida divina. Dios no puede ser un apriorismo para el hombre puesto que esta idea le conduciría –o le conduce– al nihilismo o al fanatismo. Podría decirse que Dios es aquella realidad que se manifiesta en el alma y en las manos del sabio. Es cierto que existe un cierto apriorismo en la idea de Dios, sobre todo cuando nos referimos al manantial de la gracia, pues para llegar hasta ÉL parece inevitable el hecho de creer en ÉL, pero eso no significar imaginar cómo debería ser, sino que se trataría de buscar en una tierra ignota. Iniciar un peregrinaje por caminos desconocidos para la confirmación de esta creencia. El océano del amor, en cambio, nos parece que tiene que ver con el Dios conocido, ÉL que ya se ha manifestado por medio del hombre, en el hombre; el manantial es el origen, el océano, el final donde concurren, unidos, la naturaleza, el hombre y Dios. Al confundir el manantial de la gracia con la manifestación del amor, se crea otra forma de fanatismo. La gracia debe despertar el (auténtico) amor; aquello que es la reunión de las partes. Del fanatismo se sirve Satán bajo el pretexto de servir a Dios, pues es lo que más aleja al hombre de Él (el Señor enterrado en cada ser humano).

Hiram, que fue el arquitecto del templo de Salomón, simbolizaría la vida pura. En hebreo su nombre significa: ‘la vida elevada’ o ‘la vida de arriba’. Según el ritual masónico la ignorancia, el fanatismo y la ambición son los asesinos de la vida celeste que desciende para alimentar el espíritu. No puede haber perdón para el fanatismo pues es como querer tomar el cielo por asalto, sin buscar primero el misterio escondido en la creación.  Seguramente por eso está escrito en otro lugar de el Mensaje: Buscábamos en el cielo la piedra gloriosa de la coronación, pero el Señor nos ha hecho ver la piedra humilde del fundamento que se encontraba a nuestros pies, a fin de que la recojamos en las tinieblas de la muerte y la llevemos a la luz de la vida.[4] ¿Sería esta la razón por la que en la segunda parte del versículo que estudiamos se afirma que con el conocimiento seremos humildes?

Parece que el cielo no se abre si antes no se ha penetrado en el infierno, y nuestro ser-yo-mismo prisionero del ser-en-el-tiempo ha podido ser liberado. Alcanzar al cielo sin rescatar el ser-yo-mismo sería lo mismo que querer llegar a la verdad por medio de la mentira. El yo-mismo que está prisionero del tiempo, necesita ser liberado para habitar en la eternidad. Para vivir la vida divina hay que ser vida divina.

El fanático es aquel que, ignorando el misterio del yo-mismo, se lanza hacia el cielo directamente y con sus propias fuerzas: Queriendo ir directamente a la luz de vida –enseña el Mensaje en otro versículo–, corremos el riesgo de extenuarnos contra el vidrio de la razón humana y no sentir la corriente de aire de la inspiración divina que viene de la puerta estrecha, escondida en la sombra de nuestra prisión terrestre.[5]

La corriente de aire de la inspiración divina es, precisamente, lo que el hombre fanático no puede percibir. El misterio de Dios es el misterio de la existencia del hombre, y, a su vez, esta existencia es lo que esconde a Dios. Dios es la esencia y la substancia del hombre, pero ambas están ocultas y, por eso, demasiado a menudo, convertimos en divinidad aquello que en el hombre no es divino: lo grosero. Vejamos nuestra divinidad convirtiéndola en animalidad. Así transcurre la vida del hombre fanático y las religiones exteriores lo promueven pues temen la gnosis y suprimen de sus enseñanzas el viaje hacia lo más bajo, lo más humilde, en cierto sentido, lo infernal. Es evidente que existe un gran riego en el descenso a los infiernos, pero es la condición previa para alcanzar el cielo. Así lo explica otro versículo del Mensaje: No hay ningún peligro en rezar a fin de recibir el don de Dios, pero hay uno considerable en intentar descubrir el secreto del Único. Muchos han encontrado en ello la impiedad, la locura o la muerte.[6]

Ser consciente del ser-que-es-Dios-en-el-hombre es el desafío fundamental de la existencia y es el primer paso en el viaje hacia el espíritu. En el Mensaje se quiere mostrar el camino para reconocer al ser-que-es-Dios-en-el-hombre, o, dicho de otra forma y en palabras de Cattiaux: hemos recordado a todos el Señor que espera pacientemente en nuestros corazones oscurecidos.[7] Despertarlo, sin embargo, es cuestión de la sabiduría divina que no se puede forzar, pues es por la gracia que se puede amar y conocer. Llegar a ÉL es reunir lo-que-es-divino-fuera-del-hombre con lo-que-es-divino-en-el-hombre; así, el resultado  siempre es ÉL. O en las palabras del Maestro Eckhart que hemos citado: que Dios sea Dios, de eso soy yo una causa; si yo no fuera, Dios no sería Dios.

Otro versículo del Mensaje termina con esta exclamación: ¡Qué humor tan asombroso hacer guardar y transmitir así su tesoro por fanáticos ciegos, para ofrecerlo en secreto a los que él ama y que lo veneran en su corazón![8], se refiere a los malos servidores que han transformado el misterio del ser-que-es-Dios-en-el-hombre en una moral ciega y exterior –por eso son fanáticos ciegos– pero que, sin embargo, guardan y transmiten los textos que fundamentan las distintas tradiciones para que los humildes buscadores puedan reconocer en ellos el ser-que-es-Dios-en-el-hombre. En este sentido, otro versículo del Mensaje afirma: Muchos están dormidos hasta el punto de olvidarse en ocupaciones vanas o siniestras, y muy pocos están lo suficientemente despiertos como para buscarse en los libros santos y encontrarse bajo el velo de la creación mezclada.[9] Y este es el drama del hombre exterior, por culpa de su ignorancia, de su pereza, es decir, de su fanatismo, se ve privado de aquello que más se esfuerza en defender.

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Cuando comentemos una Escritura santa, un rito o un símbolo, añadamos para los oyentes y para nosotros mismos: “He aquí una de las numerosas interpretaciones de la verdad Una. Dios es el único dueño de la vestidura y de la desnudez” (El Mensaje Reencontrado 15, 4).

 

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INFORMACIÓN LIBRO

 

NOTAS

[1] El Mensaje Reencontrado, § 19, 63.

[2] El subrayado es nuestro.

[3] El fruto de la nada…, pp. 79-80.

[4] El Mensaje Reencontrado, § 27, 10.

[5] El Mensaje Reencontrado, § 18, 45.

[6] El Mensaje Reencontrado, § 27, 6.

[7] El Mensaje Reencontrado, § 36, 98.

[8] El Mensaje Reencontrado, § 23, 38;  y también: Es cruel que la revelación de Dios haya engendrado finalmente entre los creyentes un sectarismo tan obcecado que obstaculiza la revelación misma (MR 25, 14).

[9] El Mensaje Reencontrado, 18, 35.

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