“El fanatismo ciego es ante Dios…”

Reflexión de Raimon Arola sobre el versículo 57 del libro 34 de ‘El Mensaje Reencontrado’ de Louis Cattiaux.

Ir a otras reflexiones

mr-34-57

El fanatismo ciego es ante Dios como la incredulidad y como la impiedad, pues impide conocer el manantial de la gracia y descubrir el océano del amor.

Cuando conozcamos el origen y la base de la vida divina, estaremos agradecidos y seremos humildes para siempre en el Señor.

Hacemos observar que todos los comentarios de las palabras inscritas en el Libro son incompletos, pues los reflejos de la cosa no son la cosa misma (El Mensaje Reencontrado 24, 46)

El fanatismo es, ha sido y, desgraciadamente, será una degeneración de la vida del espíritu, puesto que es una desmesura nociva que se explica por la ignorancia de los fundamentos que trata de defender. El Mensaje lo califica de ciego, pues no alcanza el origen de lo que defiende por exceso. El versículo prima se refiere a ello cuando habla del conocimiento del origen y la base de la vida divina.

En la etimología de la palabra fanático encontramos una clave interpretativa muy interesante; en Roma, los ‘fanáticos’ eran aquellos que se entregaban en cuerpo y alma a la vida religiosa, es decir, al fanum, al santuario. En un principio se trataba solo de un ‘lugar consagrado’, relacionado con el verbo fari, ‘hablar’. El sentido peyorativo se debe a los autores cristianos que consideraron los santuarios paganos como lugares idolatras donde habitaba y se proclamaba la falsedad.[1] Esta es la acepción que utilizan todavía los idiomas románicos y, obviamente, el Mensaje que lo clasifica de ciego, al igual que la incredulidad y la impiedad.

La etimología nos permite comprender la perversión de una realidad que en su origen se refiere al lugar donde se pronuncia la palabra divina, pero que después se convierte en algo descentrado. En este sentido nos parece interesante la leyenda masónica que identifica al ‘fanático’ con uno de los malvados compañeros que mataron a Hiram, el mítico maestro de los constructores del Templo, pues ilustra a la perfección esta y todas las perversiones espirituales. La leyenda cuenta que el rey Salomón confió la construcción del Templo de Jerusalén al arquitecto fenicio Hiram. Éste, ante la gran cantidad de obreros que trabajaban con él estableció una jerarquía dividiéndolos en aprendices, compañeros y maestros –que son los tres grados que todavía subsisten en la actualidad en la masonería simbólica–; una palabra secreta, a modo de contraseña, permitía a los maestros reconocerse entre sí y distinguirse de los demás. Sin embargo, tres compañeros, que encarnan a la ignorancia, el fanatismo y la ambición, unos defectos que se oponen frontalmente a las virtudes propias de un maestro, es decir, la instrucción, la tolerancia y el perfeccionamiento moral, tendieron una emboscada al gran maestro Hiram para que les revelara por la fuerza la palabra secreta y así poder ser contados entre los miembros del grado superior sin merecerlo. Finalmente, y ante la negativa de Hiram de revelarles el secreto, lo asesinaron. El primero le golpeó con su regla, el segundo con su escuadra y el tercero lo derribó de un mazazo en la frente.

Al día siguiente y ante la ausencia de Hiram, que siempre era el primero de llegar a la obra y el último en salir, los masones fieles después de buscarlo durante mucho tiempo, descubrieron su cadáver gracias a una rama de acacia que había brotado en el lugar donde lo habían enterrado. La leyenda termina con la resurrección del cadáver de Hiram, gracias a la celebración de un ritual secreto.

Escena masónica que incluyen Johann Georg Heck y Spencer Fullerton Baird en Iconographic encyclopaedia of science, literature, and art, 1851.

Así pues, el fanatismo va ligado a la ignorancia (del mundo-por-venir) y a la ambición (de este-mundo); es decir, a aquello que cierra los ojos y el corazón a todo lo que pertenece a la vida divina, como indica la segunda parte del versículo del Mensaje que estudiamos. El fanatismo ciego es el asesino del manantial de la gracia y del océano del amor, pues impide la búsqueda del origen de lo-que-es-divino-fuera-del-hombre para que pueda aparecer lo-que-es-divino-en-el-hombre. Es imposible que el hombre pueda acercarse a Dios si no es a partir de una apertura de sus sentidos puros e interiores, algo que es del todo contrario a la ceguera de quien cree poseer la verdad solo por seguir exteriormente una religión o una revelación: por eso el Mensaje se refiere al fanatismo ciego. La verdad sólo aparece desnuda ante quien ha buscado a tientas, ha dudado y ha amado.

El fanático es, también como los compañeros que asesinaron a Hiram, un ambicioso y un ignorante puesto que busca exaltar su ego caído en vez de buscar el origen y la base de la vida divina. Si el ser humano buscara este origen, como reza el versículo prima, se volvería humilde y agradecido, pues ya no tendría nada que imponer a nadie salvo a sí-mismo, y en el sí-mismo está la vida divina. El primer versículo del Mensaje afirma: El que está en el error intenta imponerlo a los demás. El que posee la verdad se esfuerza en aplicarla a sí mismo. Esta es la señal que no engaña.[2]

La leyenda de la muerte de Hiram es admirable ya que muestra cómo los malos compañeros son aquellos que quieren violentar la verdad que se esconde en el interior del corazón. No la niegan, pero quieren apoderarse de ella por la fuerza, sin respetar los tiempos de crecimiento naturales. En la vida espiritual no se puede forzar nada. Así podemos leer en otro versículo del Mensaje: No fuerces a la Deseada, amigo mío, pues si ha de venir hacia ti, ya se manifestará por sí misma. El Señor sabe lo que hace y tú aún lo ignoras.[3]

No hay nada, ni puede haberlo, obligado o impuesto en la vía del encuentro entre Dios y el hombre, en caso contrario, el Dios encontrado sería solo una imagen creada por el hombre, es decir, se trataría de un tipo de idolatría ya fuera de la razón o de los sentimientos, tal como los cristianos consideraron a los santuarios paganos (y al margen, obviamente, de que después los acusadores se volvieran igual que los acusados pero esto es otro tema).

Para comprender el alcance de la idolatría relacionada con el fanatismo nos serviremos de la enseñanza que expuso el Maestro Eckhart (1260-1328) en uno de sus más célebres sermones; sobre todo del siguiente fragmento: Por eso decimos que el hombre debería permanecer tan pobre que ni él mismo fuera un lugar, ni lo tuviera, en donde Dios pudiera actuar. En la medida que el hombre conserva un lugar en sí mismo, entonces conserva [todavía] diferencia. Por eso ruego a Dios que me vacíe de Dios,[4] pues mi ser esencial está por encima de Dios, en la medida en que comprendemos a Dios como origen de las criaturas. En aquel ser de Dios en donde Dios está por encima del ser y de toda diferencia, allí era yo mismo, allí me quise a mí mismo y me conocí a mi mismo en la voluntad de crear a este hombre [que soy yo]. Por eso soy la causa de mi mismo según mí ser, que es eterno, no según mi devenir, que es temporal. Y por eso soy no nacido y en el modo de mi no haber nacido no puedo morir jamás. Según el modo de mi no haber nacido he sido eterno y lo soy ahora y lo seré siempre. Lo que soy según mi nacimiento debe morir y aniquilarse, pues es mortal; por eso debe desaparecer con el tiempo. En mi nacimiento [eterno] nacieron todas las cosas y yo fui causa de mi mismo y de todas las cosas, y si [yo] hubiera querido no habría sido ni yo ni todas las cosas; pero si yo no hubiera sido, tampoco habría sido Dios: que Dios sea Dios, de eso soy yo una causa; si yo no fuera, Dios no sería Dios. Esto no es preciso saberlo.[5]

Dios y el hombre (regenerado) comparten identidad: si yo no fuera, Dios no sería Dios. Este es un modo extraordinario de referirse a la vida divina. Dios no puede ser un apriorismo para el hombre puesto que esta idea le conduce inevitablemente a la incredulidad y a la impiedad, que como leemos en el versículo que estudiamos, son unas actitudes comparables al fanatismo. Este apriorismo –sobre todo cuando nos referimos al manantial de la gracia–, que hace que el hombre crea conocer a un Dios celeste y lejano mediante unas imágenes exteriores hace imposible que este mismo manantial de la gracia alcance el corazón del fiel y lo lleve hasta el océano del amor. El manantial es el origen, el océano el final donde concurren, unidos, el hombre y Dios.

El fanatismo ciego, por muy religioso que sea, no es divino, pues impide que se realice la unidad entre Dios y el ser humano. Hiram, el arquitecto del Templo de Salomón, cuyo nombre en hebreo significa: ‘vida elevada’ o ‘vida de arriba’ fue asesinado por la ignorancia, el fanatismo y la ambición, es decir, por unos errores que impiden que la pureza de la vida celeste descienda hasta el corazón del buscador.

No puede haber tolerancia para el fanatismo pues es como querer tomar el cielo por asalto, sin buscar primero el misterio escondido en la creación. Seguramente por eso está escrito en otro lugar del Mensaje: Buscábamos en el cielo la piedra gloriosa de la coronación, pero el Señor nos ha hecho ver la piedra humilde del fundamento que se encontraba a nuestros pies, a fin de que la recojamos en las tinieblas de la muerte y la llevemos a la luz de la vida.[6] ¿Será esta la razón por la que, en la segunda parte del versículo, se afirma que con el conocimiento seremos humildes?

Según la tradición, el cielo –el manantial de la gracia– no se abre si antes no se ha penetrado en el infierno a fin de que el sí-mismo, prisionero del ser-en-el-tiempo, haya podido ser liberado. Alcanzar al cielo sin rescatar el sí-mismo sería lo mismo que querer llegar a la verdad por medio de la mentira. El sí-mismo, aprisionado en el infierno del tiempo, necesita ser liberado para habitar en la eternidad –el océano del amor–. El fanático es aquel que, ignorando el misterio del sí-mismo, se lanza hacia el cielo directamente contando únicamente con sus propias fuerzas: Queriendo ir directamente a la luz de vida –reza en otro versículo del Mensaje–, corremos el riesgo de extenuarnos contra el vidrio de la razón humana y no sentir la corriente de aire de la inspiración divina que viene de la puerta estrecha, escondida en la sombra de nuestra prisión terrestre.[7]

La corriente de aire de la inspiración divina es, precisamente, lo que el hombre fanático no puede percibir. El misterio de Dios es el misterio de la existencia del hombre, tal como se comprende de las palabras de Eckhart: si yo no fuera, Dios no sería Dios. Dios es la esencia y la substancia del hombre, pero están ocultas y, por eso, demasiado a menudo se diviniza aquello que en el hombre no es divino: lo grosero y así se vive en la idolatría.

El hombre fanático –pagano, masón, hindú, cristiano, etcétera–, teme por encima de todo la gnosis. Desconoce el sentido del viaje hacia lo más bajo, lo más humilde y en cierto sentido, lo infernal. Es evidente que existe un riego en el descenso a los infiernos, pero es la condición previa para alcanzar el cielo. Así lo explica otro versículo del Mensaje: No hay ningún peligro en rezar a fin de recibir el don de Dios, pero hay uno considerable en intentar descubrir el secreto del Único. Muchos han encontrado en ello la impiedad, la locura o la muerte.[8]

Ser consciente del ser-que-es-Dios-en-el-hombre es el desafío fundamental de la existencia y, consecuentemente, de la religión y del conocimiento. El Mensaje insiste constantemente en ello: hemos recordado a todos el Señor que espera pacientemente en nuestros corazones oscurecidos.[9] Encontrarlo equivale a descubrir el secreto del Único, es decir, la reunión de lo-que-es-divino-fuera-del-hombre con lo-que-es-divino-en-el-hombre. En este momento existe el ser-Dios.

Otro versículo del Mensaje termina con esta exclamación: ¡Qué humor tan asombroso hacer guardar y transmitir así su tesoro por fanáticos ciegos, para ofrecerlo en secreto a los que él ama y que lo veneran en su corazón![10], se refiere a los malos servidores que han transformado el misterio del ser-Dios  en una moral ciega, exterior y fanática  pero que, sin embargo, guardan y transmiten los textos que fundamentan las distintas tradiciones para que los humildes buscadores puedan reconocer en ellos el ser-Dios. En este sentido, otro versículo del Mensaje afirma: Muchos están dormidos hasta el punto de olvidarse en ocupaciones vanas o siniestras, y muy pocos están lo suficientemente despiertos como para buscarse en los libros santos y encontrarse bajo el velo de la creación mezclada.[11] Y este es el drama del hombre exterior, por culpa de su ignorancia, de su pereza y de su fanatismo, se ve privado de aquello que más se esfuerza en defender.

Cuando comentemos una Escritura santa, un rito o un símbolo, añadamos para los oyentes y para nosotros mismos: “He aquí una de las numerosas interpretaciones de la verdad Una. Dios es el único dueño de la vestidura y de la desnudez” (El Mensaje Reencontrado 15, 4).

Ir a otras reflexiones

INFORMACIÓN LIBRO

NOTAS

[1] Cf. A. Ernout et A. Meillet, Dictionnaire étymologique de la langue latine, París, Klincksieck, 1985 ; voz : fanum.

[2] El Mensaje Reencontrado, § 1, 1.

[3] El Mensaje Reencontrado, § 19, 63.

[4] El subrayado es nuestro.

[5] El fruto de la nada, Siruela, Madrid 1999, pp. 79-80.

[6] El Mensaje Reencontrado, § 27, 10.

[7] El Mensaje Reencontrado, § 18, 45.

[8] El Mensaje Reencontrado§ 27, 6.

[9] El Mensaje Reencontrado, § 36, 98.

[10] El Mensaje Reencontrado, § 23, 38; y también: Es cruel que la revelación de Dios haya engendrado finalmente entre los creyentes un sectarismo tan obcecado que obstaculiza la revelación misma (MR 25, 14).

[11] El Mensaje Reencontrado, 18, 35