Ante Santa María de Taüll

Nota de viaje de Teresa Costa-Gramunt que desencadena una reflexión sobre el arquetipo universal de la maternidad y el valor simbólico del arte tradicional.

blanc.petitEl pasado verano fuimos unos días al Valle de Boí y visitamos sus iglesias románicas. La primera vez que viajamos al Valle estuvimos poco tiempo. Tiempo suficiente, sin embargo, para luego recordar muchas veces el impacto visual de San Clemente de Taüll, su campanario vistoso, las pinturas imponentes de su ábside. Las pinturas románicas son esquemáticas, con formas antinaturales intencionadas, ya que las figuras no representan la realidad natural sino la realidad trascendente. Representan lo sagrado frente al mundo natural y, por lo tanto, se trata de unas pinturas llenas de simbolismo.

Tahull.1Desde esta visión de la realidad sagrada, trascendente, simbólica, de las pinturas románicas, sentí la emoción más íntima y más intensa en la visita a la iglesia de Santa María de Taüll que se encuentra en medio del pueblo. Durante estos años, la sencilla, pero majestuosa imagen de María pintada en su ábside me ha venido muchas veces a la memoria. Quizás porque la figura de María es un arquetipo universal de la maternidad. Un arquetipo que entronca con las viejas diosas del pasado y que surge de lo más profundo del inconsciente colectivo, tal como lo conceptuó Carl G. Jung. En el regazo de María todo cabe, porque el regazo de María es la imagen misma de la vida. El regazo de María es tanto un cáliz de amor, de pasión y de dolor humanos, como un trascendente cielo lleno de estrellas.

La realidad que vivimos es la que es, y ya es significativa incluso en su sentido material más estricto. Pero es nuestra percepción sensible de la realidad, dando categoría o simbolizando algunos momentos vividos, lo que hace sustancial a la realidad. La vida humana como vida simbólica: tráfico de la naturaleza a la cultura, de la vida a la (co)existencia, sublimación, escribe el estudioso Andrés Ortiz-Osés. Así, pues, aquello que vivimos en estos momentos de contemplación profunda de la realidad es una vida que se multiplica. A través de esta forma cultural que religa tiempo y espacio, y lo humano y lo divino, se sublima la percepción ordinaria. Así es como vivimos muchas cosas a la vez: realidad ordinaria y extraordinaria al mismo tiempo. Sol que brilla, como una epifanía, en medio de lo cotidiano.

El personaje de María que yo contemplaba con una sensación de maravilla luliana este verano en Santa María de Taüll va más allá del personaje histórico. Con María, como he dicho, nos encontramos con uno de los arquetipos universales más potentes: el arquetipo de la madre que, como tal, abarca todas las facetas de la existencia. Todo tiene una matriz, toda realidad tiene madre.

María de Taüll, como tantas imágenes de la Virgen, está sentada con el niño Jesús en su regazo. El Niño, aunque en mi imaginación me parecía que preveía su pasión y muerte, también me parecía que sonreía hacia adentro, una sonrisa serena como la de La Gioconda. Y es que en el regazo de la madre no hay temor, como no debería haber temor en la falda de la vida. Nos deberíamos situar en la vida en esta confianza, iba pensando mientras contemplaba la bella, delicada y estilizada imagen románica de María de Taüll, a la vez que recordaba una letanía que provenía de mis años en la escuela de primaria. La había repetido tantas veces. La letanía decía que María era la sede o trono de la sabiduría.

Desde el principio del establecimiento del culto cristiano a la Virgen María, se le han asociado los textos referidos a la sabiduría, sobre todo los del propio Libro de la Sabiduría, de Salomón, así como el Libro de los Proverbios, del Eclesiastés, del Cantar de los Cantares y de algunos salmos de David, todos ellos dedicados en especial a la sabiduría como principio rector del orden del mundo, cuyo origen es en la mente divina, escribe Catalina Marqués en su libro “Letanía hermética de María” (Ediciones Obelisco).

Como las diosas englobadas en la figura de la Gran Madre, María con sus diversos nombres (cada advocación y cada lugar con su nombre propio) representa la materia original, pura, en la que está contenida toda la inteligencia, toda la sabiduría de la vida, desde el plano más denso y pesado hasta el plano más sutil y más espiritual de la existencia.

María sentada en su trono es el trono mismo de la Sabiduría, el símbolo del conocimiento. Ten conocimiento, me decían mi abuela y mi madre cuando apenas levantaba unos palmos del suelo. Y sin saber casi nada de María más allá de la joven madre que en Belén había dado luz al Niño del Pesebre, yo intuía que este conocimiento era algo más que memorizar letras, números, ríos, mares, continentes.

Este conocimiento que María representa es el conocimiento de las maravillas de la naturaleza, su alma. Porque es Ella quien las ha imaginado antes de crearlas y quien ya ha establecido para ellas una dirección, un orden que para nosotros es un misterio. Sin embargo, vivimos este misterio.

En la matriz de María, figuración cristiana de la Sofía griega o de la Shekinah judía, está toda la creación en potencia y el conocimiento que es como una luz que se enciende en la oscuridad y la ilumina. Luz, rayo creador que hiende la oscuridad y lo llena todo de resplandor, como en aquellos primeros instantes de la creación, según se nos cuenta en la Biblia a través de su lenguaje mítico, simbólico. En ese momento Ella, la Sabiduría que ahora veo en la figura de María como principio inspirador y creador de vida, el principio que da realidad a los seres, estaba ya allí. Porque Dios creó el mundo a través de la Sabiduría, Sofía o Shekinah: Es, en efecto, una exhalación de la potencia de Dios (…) lo puede todo, ella sola, y, sin ella cambiar nada, todo lo renueva, y a lo largo de las generaciones pasa por las almas santas (…) es la inteligencia que realiza las cosas, ¿quién, sino la sabiduría, da realidad a los seres?, escribe Salomón en el Libro de la Sabiduría.

En la figura de María de Taüll y del Niño (el Verbo) sentado en su regazo regio, acogedor y amoroso al mismo tiempo, contemplo la imagen de la Sabiduría universal que sin cambiar nada (la energía no se destruye, sólo cambia de estado) todo lo renueva, y que a lo largo de las generaciones pasa por las almas santas, como dice el salmista. La imagen de María simboliza el amor, la energía poderosa, que, como escribía el Dante, mueve el mundo y las estrellas. Por esta razón, en el cielo azul pintado en el ábside de la iglesia, y a ambos lados de la figura románica de Santa María de Taüll, el pintor situó, simbólicamente, estas estrellas.

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Información de la autora, Teresa Costa-Gramunt