La belleza, ¿ángel o sirena?

Reflexión sobre el origen de la belleza a partir de la poesía de Charles Baudelaire (París, 1821 – París 1867) y un fragmento del ‘Manifiesto del Simbolismo’ de Jean Moréas. Edición L. Vert

Adrien-Henri-Tanoux.BaudelaireAdrien Henri Tanoux, Fleur du Mal, 1913

Charles Baudelaire dedicó a su amigo y maestro, Téophile Gautier, un conjunto de poemas que después fue ampliando y que en la actualidad se conocen bajo el título genérico de las Flores del mal. En esta obra, ya desde el mismo Prologo dedicado al lector, se observa una cierta influencia hermética: “En la almohada del mal es Satán Trimegisto / quien largamente acuna nuestro ser hechizado, / y el precioso metal de nuestra voluntad, / íntimo lo evapora ese sabio químico.”

Lo esencial del pensamiento hermético está recogido en la famosa Tabla de esmeralda, atribuida a Hermes Trismegisto. En ella se afirma que: “Lo de arriba es igual a lo de abajo para hacer los milagros de una sola cosa” y este diálogo entre lo más alto y lo más bajo, que es la base del hermetismo y también del simbolismo, está presente en la obra de Baudelaire, quien penetró en el significado de esta misteriosa sentencia y se dio cuenta de la importancia “de lo de abajo” en la búsqueda de los “milagros de una sola cosa”. Añadiríamos que fue precisamente esta intuición la que dio sentido a todo el movimiento simbolista, pues abrió el camino para encontrar la fuente de la belleza también en lo más bajo. Uno de los poemas más conocidos  de Baudelaire es esencial para comprender lo que acabamos de apuntar:

        Himno a la belleza

¿Vienes del cielo profundo o surges del abismo,
Oh, Belleza? Tu mirada infernal y divina,
Vuelca confusamente el beneficio y el crimen,
Y se puede, por eso, compararte con el vino.
Tú contienes en tu mirada el ocaso y la aurora;
Tú esparces perfumes como una tarde tempestuosa;
Tus besos son un filtro y tu boca un ánfora
Que tornan al héroe flojo y al niño valiente.
¿Surges tú del abismo negro o desciendes de los astros?
El Destino encantado sigue tus faldas como un perro;
Tú siembras al azar la alegría y los desastres,
Y gobiernas todo y no respondes de nada,
Tú marchas sobre muertos, Belleza, de los que te burlas;
De tus joyas el Horror no es lo menos encantador,
Y la Muerte, entre tus más caros dijes,
Sobre tu vientre orgulloso danza amorosamente.
El efímero deslumbrado marcha hacia ti, candela,
Crepita, arde y dice: ¡Bendigamos esta antorcha!
El enamorado, jadeante, inclinado sobre su bella
Tiene el aspecto de un moribundo acariciando su tumba.
Que procedas del cielo o del infierno, qué importa,
¡Oh, Belleza! ¡monstruo enorme, horroroso, ingenuo!
Si tu mirada, tu sonrisa, tu pie me abren la puerta
De un infinito que amo y jamás he conocido.
De Satán o de Dios ¿qué importa? Ángel o Sirena,
¿Qué importa si, tornas —hada con ojos de terciopelo,
Ritmo, perfume, fulgor ¡oh, mi única reina!—
El universo menos horrible y los instantes menos pesados?

    Lectura del poema en francés

El poeta plantea una pregunta que es cuanto menos sugerente: la belleza ¿de dónde viene, “viene del cielo profundo o surge del abismo” [1]? El gnóstico sabe que la belleza viene del cielo, es evidente, pero sabe que existe también una belleza que surge del abismo. Aun más, el pensamiento gnóstico o hermético considera hermanas a la belleza que luce en el cielo y a la que languidece en lo más hondo del ser humano y de cada forma creada. Baudelaire describe la aparición de la belleza que surge del abismo, como aquello que, “por un instante brilla, se extiende, y se exhibe. / Un espectro hecho de gracia y de esplendor…” un sueño, un espectro luminoso, que, un determinado momento, toma forma y se muestra tal como fue descrita en el Cantar de los Cantares de Salomón, así lo afirma Baudelaire: “Cuando alcanza su total grandeza, yo reconozco a mi bella visita: / ¡Es ella! Negra y, no obstante luminosa”[2].

La luz que aparece en las tinieblas y que se muestra a la visión interior surge de “un sol negro”, una imagen muy querida por los antiguos alquimistas. Según estos personajes, se trataría de un sol inferior que se despierta en el hombre y que es de la misma naturaleza que el exterior que luce en el cielo. Sin embargo, en la época de Baudelaire solo el poeta fue capaz de imaginar, o, dicho más exactamente, de ver la imagen de este sol inferior levantándose en medio de las tinieblas.

En nuestros días, el filósofo francés Rémy Brague escribió un estudio titulado Image vagabonde: Essai sur l’imaginaire baudelairien,[3] dedicado a la obra de Baudelaire. En él analiza las imágenes poéticas que surgen del la imaginación del artista y que él proyecta hacia el exterior y naturalmente se refiere al sol negro, el origen de todas las visiones. El conocimiento de la naturaleza interior opuesto, o complementario, a la visión de la naturaleza exterior. Estas son sus palabras:

“El profeta no atisba las estrellas que se levantan en el horizonte; lo que sueñan los ‘ojos llenos de llamas’[4] del poeta es un mundo en el que lo natural habría sido eliminado por el arte y que, realizándose así la profecía del Apocalipsis sobre la nueva Jerusalén hecha con piedras preciosas, brillaría ‘con un fuego personal’[5], de modo que los astros se tornarían superfluos. Los astros son tolerables porque vuelven visibles las cosas, son lamentables cuando se hacen visibles a sí mismos. Lo ideal sería una fuente luminosa que fuera invisible, un sol incognito, mejor aún, un sol negro “esos ojos cuya llama atraviesa el crepúsculo […] esas estrellas negras’”.[6]

Este sol brilla en el abismo y es fuente de luz y de belleza, gracias a él las cosas ocultas se vuelven visibles y entre todas ellas, aquella por la suspiran los profetas y los poetas: “Negra soy y bella, hijas de Israel, cual pabellones de Cedar, cual tapices de Salomón… “

Elevación
Por encima de estanques, por encima de valles,
De montañas y bosques, de mares y de nubes,
Más allá del sol, más allá de los éteres,
Más allá del confín de las esferas estrelladas,

Te desplazas, mi espíritu, con toda agilidad
Y como un buen nadador que se extasía en las olas,
Alegremente surcas la inmensidad profunda
Con voluptuosidad indecible y viril.
Escápate muy lejos de estos mórbidos miasmas,
Sube a purificarte al aire superior
Y bebe, como un puro y divino licor,
El fuego claro que llena los límpidos espacios […].

Aquel cuyas ideas, cual si fueran alondras,
Levantan hacia el cielo matutino su vuelo
-¡Que sobrevuela sobre la vida, y comprende sin esfuerzo,
La lengua de las flores y de las cosas mudas!

En este otro poema, Baudelaire describe la elevación del espíritu del artista hasta el confín de las esferas estrelladas, donde puede saciarse del fuego claro, el divino éter de los antiguos, como si fuera un puro y divino licor. Como afirma la sentencia de Hermes Trimegisto que acabamos de ver, no basta con conocer solo un extremo, hay que reunirlos a los dos, lo más bajo, sí, pero también lo más alto, para alcanzar los milagros de una sola cosa. La elevación que se describe aquí se realiza en nueve etapas: estanques y  valles, montañas y bosques, mares y nubes, el sol, los éteres y el ya citado confín de las esferas estrelladas, y nueve son también las esferas celestes de la cosmología clásica: las siete esferas de los planetas, de la Luna a Saturno, las estrellas fijas y por encima de todas ellas el primum mobile, o el Alma del Mundo, que, según los antiguos, ponía en marcha la maquinaria celeste.

Pero la elevación va ligada a un descenso y ambos movimientos se complementan. Baudelaire no aspira tan solo a la ascensión y a permanecer eternamente en el cielo elevado; sino que, como un verdadero gnóstico, sobrevuela, es decir, asciende y desciende, y, de este modo, adquiere el conocimiento de un lenguaje en el que se expresan las flores tanto las celestes como las que nacen del abismo; ¡la lengua de las cosas mudas para el resto de los mortales!

Correspondencias
La Naturaleza es un templo donde vivos pilares
hacen brotar a veces vagas voces oscuras;
por allí pasa el hombre a través de bosques
de símbolos que observan con ojos familiares.
Como ecos prolongados que a lo lejos se ahogan
en una tenebrosa y profunda unidad,
inmensa cual la noche y cual la claridad,
perfumes y colores y sonidos dialogan.
Laten frescas fragancias como carnes de infantes,
verdes como praderas, dulces como el oboe,
y hay otras corrompidas, gloriosas y triunfantes,
de expansión infinita sus olores henchidos,
como el almizcle, el ámbar, el incienso, el aloe,
que los éxtasis cantan del alma y los sentidos.

Por último parece inevitable detenerse en este poema que, como indica su título, habla de las correspondencias entre la tierra y el cielo. Baudelaire no se refiere a ambos extremos como si fueran dos polos opuestos, sino como a partes de una misma unidad, una unidad que él mismo califica de “templo”. Un templo pagano sostenido por unos pilares vivos que unen los dos extremos y de los que surgen los símbolos.

Aquí, el término Naturaleza aparece escrito con mayúscula, quizá para mostrar de forma evidente que en el poema no se está hablando de la naturaleza que puede admirarse con los ojos exteriores, sino de aquella otra, visible solo con la mirada interior y que, según los tratados herméticos, es el origen de todo. La Natura naturans de los antiguos, conocida también como el Alma del Mundo, a la que antes nos hemos referido, Es el alma de todo lo viviente.  El poeta describe un tempo verde “como las praderas” y vivo en cuyo interior habita la divina belleza que se da a conocer mediante “las voces vagas y oscuras” de los símbolos. Pero esta belleza, como advierte el poeta, es oscura y añadiríamos que turbadora pues todo lo incluye, surge lo alto y de lo más profundo y se expresa como “una tenebrosa y profunda unidad, inmensa cual la noche y cual la claridad”.

Rémy Brage, al analizar este poema, menciona la doctrina pitagórica de las correspondencias. Se trata de la famosa música que las esferas celestes producen al moverse armónicamente y que hace danzar a todo el universo, desde el sol más elevado hasta el más mínimo átomo, al ritmo de un mismo compás. Una ciencia completa conocida por Pitágoras y que en el ser humano incluye, como no podía ser de otro modo, el alma y el cuerpo representado en el poema por los sentidos: “perfumes, colores y sonidos” es decir olfato, vista y oído.

“Éxtasis del alma y los sentidos”, dos opuestos, alma y cuerpo, unidos que nos remiten a las dos luces o a las dos bellezas a las que antes nos hemos referido y que conforman las dos partes del universo simbólico que Baudelaire expresó a la perfección.

Frans Masereel ~ Hommage à Baudelaire 1946Frans Masereel, Hommage à Baudelaire, 1946
  • Incorporamos como apéndice un fragmento del Manifiesto del Simbolismo de Jean Moréas aparecido en Le Figaro, el 18 septiembre 1886 pues en él se reconoce a Baudelaire como el precursor de este movimiento que, como explica el propio Moréas, es heredero de un pensamiento místico y esotérico mucho más antiguo:

Una nueva manifestación del arte se espera y es necesaria, inevitable. Esta manifestación, incubada desde hace tiempo, acaba de manifestarse […] Y ¿qué es lo que puede reprocharse a la nueva escuela? Un abuso de la pompa, la extrañeza de la metáfora, un vocabulario nuevo o que las armonías se combinan con los colores y las líneas: características de todo renacimiento. Ya hemos propuesto la denominación de simbolismo como la única capaz de designar razonablemente la tendencia actual del espíritu creador en el arte. Esta denominación puede mantenerse. Se ha dicho al comienzo de este artículo que las evoluciones del arte ofrecen un carácter cíclico extremadamente complicado de divergencias, así, para seguir la exacta filiación de esta nueva escuela habría que remontarse hasta los poemas de Alfred de Vigny, hasta Shakespeare, hasta los místicos, y más lejos todavía.  Estas cuestiones demandarían un volumen de comentarios, digamos que Charles Baudelaire debe ser considerado como el verdadero precursor del movimiento actual; el señor Stéphane Mallarmé lo agració con el sentido del misterio y de lo inefable; el señor Paul Verlaine rompió en su honor las crueles barreras del verso que los dedos prestigiosos del señor Théodore de Banville habían suavizado anteriormente. No obstante el Supremo encanto no se ha consumado todavía, una labor empecinada y celosa solicita a los recién llegados. Enemiga de la enseñanza, de la declamación, de la falsa sensibilidad, de la descripción objetiva, la poesía simbolista busca vestir la Idea de una forma sensible, que, no obstante, no sería su propio objeto, sino que, al servir para expresar la Idea, permanecería sujeta. La Idea, a su vez, no debe dejarse privar de las suntuosas togas de las analogías exteriores; pues el carácter esencial del arte simbólico consiste en no llegar jamás hasta la concepción de la Idea en sí. Así, en este arte, los cuadros de la naturaleza, las acciones de los hombres, todos los fenómenos concretos no sabrían manifestarse ellos mismos: son simples apariencias sensibles destinadas a representar sus afinidades esotéricas con Ideas primordiales.

NOTAS

[1] Spleen e ideal XXI, “Himno a la belleza”.

[2 ]Ibídem XXXVII, “Un fantasma”.

[3] Rémy Brague, Image vagabonde. Essai sur l’imaginaire baudelairien, Les Editions de la Transparence, Chatou, 2008. Recomendamos su lectura pues sin duda ha sigo el origen de esta breve reflexión.

[4] Las Flores del mal CII, “El sueño parisino”.

[5] Ibid.

[6] El Spleen de París V, “La habitación doble”. Image vagabonde, cit. p. 17